• Maite R. Ochotorena

Relato: «El parásito»


Siempre he sido de esas personas a las que no les gusta ver películas de miedo, ni leer libros de terror, o hablar de sucesos sobrenaturales… La verdad, soy demasiado aprensiva con «esas cosas». Me aterra pasar por un callejón oscuro o quedarme sola en un parking subterráneo, y sí, me da miedo la oscuridad. Por eso evito todo lo que espolea mi imaginación hacia cierta clase de pensamientos. Desde luego, eludo las callejas tétricas, y jamás aparco mi coche en lugares que a determinadas horas se quedan desiertos. En general, procuro hacer como si el «mal» no existiera. «Ojos que no ven, corazón que no siente», ¿no?

Dirás que soy una exagerada, y que no se puede vivir así, permanentemente negando una parte de la realidad, pero a mí me funcionaba.


«Me funcionaba», en pasado.

Porque ahora comprendo que «esas cosas», lo mismo pueden suceder en una calle solitaria, de noche… como a plena luz del día, delante de todo el mundo.

¿No me crees?

Bueno… No soy quién para echar abajo tus creencias, al fin y al cabo, yo tampoco hubiera creído algo así hace un año. Y de verdad, si no quieres, no sigas leyendo, porque no me gustaría poblar tu feliz vida de sombras, y que te conviertas en alguien que «teme», como yo, que ya no soy capaz de salir de casa con la misma ingenuidad que antes. ¡Cómo echo de menos a la yo feliz y despreocupada!

En serio, tal vez sea mejor que leas otras cosas, y, si no… después no me culpes.

Bueno al grano, perdona, porque suelo irme por las ramas…

Querrás saber cuándo me pasó lo que sea que me pasó.

Lo cierto es que fue las pasadas navidades, la víspera de Noche Buena. Mira tú, un día de esos entrañables. Llovía, pero no había tristeza en el ambiente. Serían las seis de la tarde y el día lucía oscuro y mortecino. Caía una lluvia muy fina desde un cielo que no se distinguía. Las luces de las farolas impedían verlo, pero, a cambio, reflejaban una miríada de gotitas relucientes dispersas en el aire. Lo cierto es que provocaban un efecto muy bonito. La gente paseaba por la calle Grosvenor Square protegida bajo sus paraguas de colores. Si me ponía de puntillas con mis botines recién estrenados, y me esforzaba para mirar por encima de los demás, podía ver la calle repleta de paraguas rojos, negros, transparentes, azules, amarillos… unos adornados con divertidos motivos, otros mostraban un abigarrado despliegue de florecillas vistosas y alegres… un verdadero baile de color bajo aquel cielo tan oscuro. Sus telas impermeables brillaban a causa de la lluvia y la luz de los escaparates.

Los escaparates… ¡Eran de cuento! Los comerciantes se habían esmerado, y las tiendas lucían sus adornos navideños, espumillones, muñecos de nieve artificial, bolas brillantes cubiertas de copos dorados… Parecían postales de ensueño. Y los villancicos sonaban alegremente de una punta a la otra de aquella calle céntrica, repleta de comercios y de gente dispuesta a pasear y dejarse imbuir por aquel espíritu mágico de la Navidad. La verdad es que, si estabas predispuesto, podías sentir aquella magia.

Yo también.

Paseaba sonriendo bobalicona, con esa ternura que se te enciende en el pecho cuando ves rostros felices envueltos en bufandas y gorros de invierno, parejas agarradas del brazo compartiendo secretos entre cómplices susurros, o niños entusiasmados pegando la nariz al cristal de una tienda para contemplar sus juguetes favoritos… Pero es que, además, yo estaba especialmente feliz porque aquella Noche Buena iba a poder estar con la familia al completo, ¡todos! Hacía muchos años que no lográbamos reunirnos así… Lo cierto es que lo había echado mucho de menos…

Oh, perdón, que me enrollo de nuevo… A ver… Lo de mi familia, si quieres, ya te lo contaré otro día, ¿vale? Pero por ahora, centrémonos en lo que importa. No olvides que he venido a hablarte de «otras cosas». Desde luego mucho menos agradables.

La cuestión es que había pensado en comprar algo para mi sobrino de cinco meses, al que iba a conocer por primera vez… (¿que cómo es que aún no conocía al primogénito de mi hermana? Para otra ocasión, ¡que si no me voy por las ramas!) Por eso entré en aquella tienda enorme y llena de gente. Vi en el escaparate un conjunto de pijama realmente arrebatador, y quise hacerme con él. Lo malo es que los pasillos estaban atestados, y resultaba difícil buscar algo sin que constantemente alguien se cruzara en mi camino. Menos mal que la música navideña sonaba alegremente y que yo estaba poco predispuesta a enfadarme. Más bien al contrario…

Fue entonces, cuando vi lo que estaba buscando. Estaba expuesto en un mostrador bajo, tan perfecto para mi sobrino que me quedé hechizada contemplándolo. Además, aún quedaban unos cuantos, de diversas tallas, así que seguramente no iba a tener problema para encontrar uno que le fuera bien…

Me acerqué, con las mejillas encendidas de ternura, (es mi primer sobrino, ¿recuerdas?), y toqué la tela con cuidado, probando su suavidad…

En ese instante escuché un gemido a mi lado, un gemido lento y gutural… Alcé la vista de lo que estaba haciendo. A mi alrededor todo continuaba igual, los villancicos, el murmullo de la gente charlando y riendo en los pasillos… Pero a mí se me había erizado el vello en todo el cuerpo. Al poco, se repitió aquel gemido angustioso, muy cerca, bueno, no a mi lado, sino a mis pies. Bajé la vista y busqué el origen de semejante lamento… y… no te lo vas a creer. Allí, semi oculto entre algunas cajas, había un bebé envuelto en un harapo mugriento. Vi su piel pálida, sus bracitos escuálidos, y su rostro arrugado. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Estaban fijos en mí, y eran muy negros, como… carbones, y sus pupilas eran como dos ascuas ardientes. Abrió su boca sin dientes y gimió de nuevo, y a mí se me encogió el corazón. Miré alrededor, pero nadie más parecía haberse percatado de la presencia de aquel bebé horrible…

Y ahora me diréis que cómo puedo decir que un bebé es horrible… Pero en serio, no imagináis qué clase de… mirada tenía. Desde luego, no era la de una criatura inocente recién nacida. Incluso justifiqué que su madre lo hubiera abandonado. Incluso estuve a punto de marcharme, y hacer como si no lo hubiera visto…

Pero era Navidad, y… Me sentí fatal por pensar así. Allí estaba yo, comprando un pijamita para mi sobrino… ¿de verdad estaba dispuesta a no hacer nada por un bebé abandonado? ¿De verdad sería capaz de irme dejándolo allí, a su suerte? Al menos podía avisar a algún encargado de la tienda y hacer que se ocuparan ellos de la horrenda criatura… Sí, me dije, al menos podía hacer eso.

Así que me agaché, y tomé al niño en brazos. Su cuerpecito era menudo y frágil, y la tela que lo envolvía hedía como mil demonios. Una fina pelusa oscura cubría su cabeza y buena parte de su cuerpo, y su boca se abría enorme… para gemir. Cuando lo acerqué a mi pecho para darle calor, sentí un frío penetrante atravesarme de parte a parte, ¡y a punto estuve de soltarlo!

Sus ojos oscuros me observaban sin expresión, vacíos y profundos. Mirarlos era como asomarse a un abismo. Aturdida por las incómodas sensaciones que me estaban embargando, miré alrededor en busca de ayuda. La gente pasaba a mi lado sin fijarse en mí, ni en lo que tenía en los brazos. No vi a ninguna de las dependientas que hasta hacía poco merodeaban por los pasillos, ni a alguna de sus encargadas, cuyo uniforme rojo destacaba entre la multitud. Así que, aún sosteniendo a aquella criatura extraña en mis brazos, avancé entre la gente, buscando quien me pudiera ayudar.


Al poco, al fondo de aquel pasillo, vislumbré a una encargada alta y simpática que charlaba con una señora acerca de la talla de un abrigo para su nieta de siete años. No imaginas el alivio que me embargó en cuanto la vi. Me acerqué despacio, porque no pretendía ser maleducada, y esperé pacientemente a que acabara de ayudar a aquella señora y su nieta. La niña se volvió hacia mí, como si hubiera intuido algo, y se fijó en mi bebé. Lo miró a él, con curiosidad, y luego a mí, y de nuevo a él. Y su carita dulce se contrajo en un gesto de repulsa. Vi cómo aferraba la mano de su abuela y se pegaba a ella, escondiendo el rostro. Así que yo no era la única que notaba aquel… aura negra que emanaba del recién nacido. Bajé los ojos hacia él, que aún me observaba. Ya no gemía, pero su boca se abría hambrienta. ¿Cómo un niño tan pequeño podía abrir tanto la boca? Sentí cómo se pegaba a mí. Su cuerpecito se retorcía haciéndome daño en las costillas, y sus manos agarraban mi pelo tirando de él.

La señora acabó con la dependienta, y al fin pude acercarme a ella.

¿Qué crees que pasó? Mientras la abuela y su nieta se alejaban, noté una punzada en el costado, como si algo duro y gélido hubiera penetrado mi carne. Justo cuando iba a llamar la atención de la simpática empleada, tuve que frenarme porque algo estaba entrando en mí.

Literalmente.

Aturdida, sofoqué un aullido, y al mirar al bebé, vi que se había abierto camino a través de mi ropa y había metido ya sus manos en mi cuerpo, ¡y que se abría camino dentro de mí! No tengo palabras para describir lo que estaba pasando. No sé cómo, pero yo no sangraba, y sin embargo sabía que aquel monstruo había abierto una gran herida en mi costado, y que se afanaba por penetrar en mí a través de ella, como lo haría un parásito… Quise gritar pero no pude, y al volverme, la dependienta había desaparecido.

Y no… No puedo seguir… Dame un momento por favor…

Verás, esto no es fácil. Ya, ya, ¿que qué hice entonces? ¿que por qué no grité pidiendo ayuda?

¡LO HICE!

Pero fue como si nadie me oyera, ¡ni me vieran! Agarré al monstruo, porque eso era, un monstruo, por el cuerpo, y tiré de él para impedir que continuara reptando, pero, ¡Oh, Dios! Era muy fuerte… Como tener una sanguijuela de tres kilos pegada a ti… ¿Has intentado alguna vez sujetar una serpiente? Son increíblemente poderosas, pero este… ser, era de verdad «poderoso»… Gruñía por lo bajo y ante mis ojos acercó su cabeza hacia mi costado, y empezó a meterla por la herida abierta, a través de mi abrigo y mi jersey de invierno. Sentí la contundencia de su cráneo redondo y cómo invadía mi interior. Un dolor tremendo sacudió mi cuerpo y trastabillé, golpeándome con los expositores que tenía detrás. Tiré de aquel cuerpo pequeño y frío con todas mis fuerzas, tratando de arrancarlo de mí, pero él se retorcía y penetraba cada vez más en mi interior, entre los músculos, alojándose en mi vientre, tenaz e imparable. Ya había conseguido introducir la cabeza entera y ahora luchaba por meter también los hombros.

Aquella fue una batalla perdida de antemano. Yo lo sabía. Gemía desesperada, chillaba pidiendo auxilio, pero en vano. La música, las voces de la gente, ahogaban la mía, y estaban tan ensimismados con sus compras, que nadie se fijaba en mí… O seguramente es que «aquello» impedía de alguna forma que alguien me viera o me oyera. Agarré sus pies, diminutos, e hice un esfuerzo más… Ya tenía su cuerpo dentro de mí, y al poco, sus piernecitas también desaparecieron y al final, sus pies se escurrieron de mis dedos y se colaron bajo mi carne.

Estaba dentro de mí. La herida se cerró, y yo sentí que «aquello» se acomodaba en mi vientre, y un frío antinatural recorrió mi cuerpo entero. El corazón latía desbocado en mi pecho, y mi mente se negaba a procesar semejante locura. A mis pies estaba el trapo miserable que había envuelto al bebé del averno que ahora yo llevaba dentro.

Me erguí en medio del pasillo, absolutamente desbordada. Me miré el vientre, ahora prominente, como si fuera el de una mujer embarazada de siete meses. Pero yo no estaba embarazada. ¡Llevaba un «ser» infernal dentro de mí! ¿Qué podía hacer?

Palpé con las manos aquel bulto horrendo, y lo sentí moverse suavemente, acurrucándose en mi interior. ¿Qué clase de parásito llevaba en las entrañas?

Decidí ir al hospital. Tenían que sacármelo, ¡ya!

Y eso hice. Salí de aquella tienda, y busqué un taxi. Pero era la víspera de Noche Buena, y Grosvenor Square en esas fechas se pone imposible. Además, con la lluvia, el número de personas que solicitan el servicio de los taxis se dispara… Así que tardé una hora en que alguno me recogiera. Tuve que caminar con mi prominente barriga arriba y abajo de la interminable avenida, bajo la lluvia, a través de una marea de personas distraídas que simplemente eran incapaces de verme. Nunca he llorado tanto, jamás he tenido tanto miedo como entonces. Me acordaba de «Alien: el Octavo Pasajero», de su protagonista, Ripley, y se me revolvía el alma de pensar en lo que podía suceder a continuación.

El Hospital Saint Michel era el más cercano a Grosvenor Square, pero al taxi le costó recorrer los escasos seis kilómetros que lo separaban de la avenida más de una hora. Mientras tanto, sentada en el asiento de atrás, yo lloraba y gemía.

—¿Se encuentra bien señorita? —el taxista me observó preocupado a través del espejo retrovisor—. He visto que está embarazada, ¿cree que podrá aguantar hasta que lleguemos al hospital?

—No estoy embarazada… joder, ¡no estoy embarazada!

El taxista frunció el ceño, y luego meneó la cabeza, seguramente convencido de que yo era una de esas mamás primerizas que entran en pánico cuando llega la hora de dar a luz. La diferencia estribaba en que yo no estaba a punto de dar a luz, y que mi intención era abortar, de inmediato.

Entonces una horrible idea me asaltó. ¿Y si ningún médico se mostraba dispuesto a practicarme un aborto? ¿Quién iba a creerme cuando les contara lo que había pasado?

Me reí como se ríen los locos. Nadie iba a creerme.

Abrí la ropa rasgada, por donde la vil criatura había penetrado en mí, y dejé al descubierto la piel de mi vientre. No había rastro de heridas. El único vestigio de lo que había ocurrido eran mis ropas rotas.

A partir de aquí, lo que voy a contarte es el testimonio de una mujer desesperada. Por favor, no me juzgues… ¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar?

Cuando el taxi me dejó en el hospital, llovía torrencialmente. Caminé como una sonámbula hacia la entrada de urgencias, y allí pedí ayuda. La verdad, me atendieron enseguida, seguramente preocupados por mi avanzado estado de embarazo… Joder… Ellos sólo veían a una chica joven que debía de estar de siete meses, muy angustiada, y temían que me pusiera de parto prematuramente. Por eso antes de diez minutos estaba tumbada en una camilla en la consulta de un ginecólogo de urgencias.

—¿Siente contracciones?

El doctor que estaba de guardia ya me había hecho desnudar, y me había extendido ese gel helado sobre el vientre prominente. Mientras utilizaba la tecnología para ver mi interior, yo apenas pude mascullar una respuesta.

—No es mío… no es mío… Sé que no lo entiende, pero necesito que me lo saque…