• Maite R. Ochotorena

Relato: «Viaje al Más Allá»



—…no me dejes morir, te lo ruego, haz lo que sea, pero no dejes que muera —la voz del señor Toscani es estridente y temblona; su expresión es firme, sin embargo, parece asustado. No febril, ni delirante, sino sólo asustado—… ¿Lo harás?

Le miro perpleja. El señor Toscani está condenado, es un enfermo terminal… ¿Cómo pretende que impida que muera, si sabe que le quedan dos telediarios? Me quedo callada, estupefacta, sin saber qué decir. Entonces él aferra mi antebrazo con su mano huesuda, y aprieta con fuerza inusitada. Para ser un enfermo de cáncer, aún conserva mucha energía.

—…por favor enfermera, debes prometérmelo, ¡jura que harás lo imposible por mantenerme con vida!

—…está usted nervioso, y es normal, pero no entiendo…

—¡No son nervios! —el señor Toscani se medio incorpora, y sus ojos grises se abren con desesperación, clavándose en mí, mientras una mueca horrible deforma su cara—. No son nervios. No comprendes…

Se derrumba en la cama y suelta un bufido. En el monitor que controla sus pulsaciones, se refleja su excitación. Me acerco a su gotero para suministrarle su dosis de morfina. Mientras lo hago, pienso en lo que me acaba de pedir, y detengo mi mano para no pasarme y matarlo de una sobredosis. Él iba a ser mi séptima eutanasia, tendré que desistir.

—Por favor, necesito tu ayuda —murmura con intensidad—… No quiero más morfina, por favor… Quédate un momento…

—Pero es que no hace más que decir cosas extrañas, señor Toscani, usted sabe…

—…que voy a morir? ¿Que tengo cáncer? —cierra los ojos y traga saliva. En este instante siento lástima por él y me arrepiento de lo que acabo de decir. De nuevo me mira, y hay una súplica tan sincera en su expresión…— Señorita…

—Dina, llámeme Dina…

—Dina, escucha, no puedes dejar que muera, porque ya he estado muerto, ¿lo entiendes?

Un escalofrío me recorre la espalda. Sé que le dio un infarto hace unos días, pero finjo sorpresa.

—…no le entiendo…

—Hace una semana sufrí un ataque, y estuve muerto unos minutos —es cierto, le falló el corazón y casi se va. Nadie daba un duro por él. Si por mí hubiera sido, le hubiera dejado ir…—. Me reanimaron, pero jamás olvidaré la experiencia que viví…

—Mucha gente cree vivir experiencias increíbles durante el tiempo que permanecen…

—…muertos… Pero yo «sé» lo que digo, Dina. Estuve muerto, y «ahora»… sé lo que hay tras la muerte, y te aseguro que no es el cielo —ahora está pálido y le tiembla el labio inferior. Me doy cuenta de que apenas respiro escuchándole. ¿Cómo que tras la muerte no nos espera el cielo…? Definitivamente, no voy a ayudarle a morir como pensaba. Hoy no, no escuchándole decir estas cosas—… No puedes creerme, ¿verdad? Dime, ¿crees en Dios? ¿Eres creyente?

—Sí, lo soy… Pero ahora eso no importa. Duérmase, y cuando despierte se encontrará mejor.

—…eres muy joven todavía, por eso no piensas en la muerte.

«¡Qué equivocado está! ¡Pienso en ella cada día!». Nadie lo sabe, pero la amargura me llena, llevo tiempo pensando en acabar con todo y dejar de sufrir…

—…Pero cuando se es un viejo como yo, con un pie aquí y el otro en el más allá…

—Se equivoca, sí que pienso en la muerte —le digo.

«En mi propia muerte. Además, me rodea cada día», pienso. La verdad… iba a echarle coraje y terminar con mi miserable existencia un día de estos, esta misma semana. ¿Sorprendente? No tanto, no cuando no tengo nada por lo que merezca la pena vivir, nadie que vaya a echarme de menos… Y estoy harta de este trabajo sin esperanza. Me recompongo un poco y sonrío al señor Toscani. Si supiera que pensaba practicarle la eutanasia esta misma noche, precisamente para ayudarle a morir…

—…No debe usted preocuparse por eso ahora, sólo descanse, trate de relajarse. Ya verá, la morfina le aliviará los dolores y pronto se dormirá. Si quiere, mañana haré venir a un sacerdote, ¿cree que le haría bien?

—Un sacerdote —el señor Toscani se echa a reír, y le entra la tos. Cuando se calma, me mira con compasión—… No, un sacerdote no puede ayudarme, porque lo que él pueda creer… ¡no existe! Por favor, Dina…

—Pero señor Toscani —me inclino y cojo su mano con firmeza. Empleo el tono más cariñoso que puedo para hablarle—… ¿Cómo pretende que le mantenga con vida…? Es imposible, usted lo sabe…

—Puedes hablar con el doctor, para que me operen…

Rechazo esa idea con la cabeza. Ningún médico quiere intervenirle porque es demasiado tarde. El tumor que tiene instalado en su cerebro es muy grande y está alojado en un lugar de difícil acceso. Moriría en la mesa de operaciones.

—Si he de morir, ¡prefiero que sea intentando vivir! —ruge Toscani—. ¿Y si tengo una posibilidad de burlar la muerte?

—Es imposible.

—¿De veras? Entonces todo está perdido… Porque después de la muerte nos espera el HORROR. ¿Qué voy a hacer si nadie me ayuda…? ¿Oh, qué voy a hacer…?

Qué irónico, él ansiando vivir, yo ansiando morir…

Las lágrimas brotan de sus ojos cansados y resbalan por su rostro demacrado. La forma en que dice la palabra «HORROR», hace que me estremezca. Casi creo en sus palabras. La morfina al fin empieza a hacerle efecto, y a Toscani se le cierran los ojos. Me alegro de haber refrenado mi mano. Pobre hombre. Siento lástima por él. Bastante malo es saber que estás sentenciado por una enfermedad tan dura como el cáncer, pero además, estar convencido de que después te espera el Infierno…

Bajo la luz y salgo de la habitación, dispuesta a seguir mi ronda. Esta noche no ayudaré a morir a nadie, no estoy de humor y ya me he arriesgado demasiado este mes. Han sido… ¿cuántos, siete? No, seis. El séptimo era el señor Toscani. Sé que ellos me agradecen que les ayude a morir, aunque no puedan decírmelo.

Suspiro y meneo la cabeza desanimada.

No lo puedo evitar, paso el resto de la noche pensando en lo que me ha dicho el señor Toscani… No se lo he contado —por motivos evidentes—, pero le tengo pánico a la muerte. Y pensar que después de esta vida no hay nada más que… HORROR, como él asegura… ¿Qué clase de experiencia habrá creído tener mientras estuvo muerto? Siento una enorme curiosidad, y pese a que sé que no debería insistir en el tema, deseo preguntarle, que me describa esa experiencia. «Necesito» saber… Al mismo tiempo temo oír sus palabras. Prefiero seguir pensando que Dios existe y que la muerte sólo es el umbral que da paso a otra vida mejor, como me enseñaron a creer. Si no es así, ¿qué me espera a mí? ¿Habré de renunciar a mis planes de suicidio? Sólo de pensar en tener que seguir con esta vida gris, que parece estancada y vacía… Le preguntaré mañana, necesito enterarme de algo más.

¡Mala suerte! No tengo oportunidad de volver a hablar con él, porque muere durante la noche. Cuando he vuelto al trabajo he encontrado su cama vacía. Mi compañera de turno me cuenta que ha sufrido otra parada cardíaca mientras dormía. Ya se han llevado su cuerpo al depósito.

—…una suerte para él —asegura con vehemencia—. Ha sufrido menos que si el cáncer llega a devorarle durante lo que le quedaba de vida, ¿eh?

—Claro…

«Maldita sea, ¿qué voy a hacer ahora?»

—Tranquila Dina, se fue sin sufrir, la morfina que le pusiste le hizo dormir y ni se enteró. ¿Se la pusiste, verdad?

—Claro…

Pero no me siento bien. No pienso en el pobre señor Toscani y en su pavor a morir, sino en el horror del que hablaba. Sólo por un instante, me pregunto si… ¿Y si lo que me dijo no era producto de su imaginación? ¿Y si ahora mismo está sufriendo en una especie de limbo espantoso?

«Olvídate,Dina. Son tonterías…»

Meneo la cabeza, me santiguo, y me voy en busca de los otros pacientes de mi planta. Trato de apartar de mi cabeza, con firmeza, al señor Toscani. Que descanse en paz.

Pero no logro olvidarme de sus palabras. No esta noche, ni la siguiente, ni en toda la semana… Pasan los días, y sigo acordándome de él, sufriendo por él, porque no dejo de pensar que tal vez esté atrapado en ese horror del que me habló. Voy posponiendo mi suicidio. Mi miedo a la muerte hace que me replantee muchas cosas, y empiezo a obsesionarme con el tema. Rezo cuando me acuesto, miro con respeto reverencial a los pacientes terminales, me santiguo después de atenderles, y bajo a la capilla del hospital antes de marcharme a casa para rezar. No he vuelto a practicar ninguna eutanasia, no puedo, ¿cómo? ¡Si no puedo terminar con mi propia vida! El fin último con el que soñaba era ayudarme a descansar y ahorrarme una larga agonía, pero ahora… ¡Sería como condenarme!

—…pero qué te pasa, ¿Dina? —mi compañera me da un codazo porque me he quedado quieta y pálida delante de una paciente—. Estás muy rara, anda muévete, y termino yo de atender a ésta…

«Ésta», como dice Sandra —mi compañera—, es la señora Boothley, afectada de leucemia, y está más allá de nosotras desde hace dos días. Temo que muera en mi turno, y no puedo evitar mirarla y tratar de adivinar si estará «viendo» lo que le espera al otro lado, como el señor Toscani. Casi deseo que despierte para poder preguntarle…

—¡Camina! Estás ida…

Sandra me empuja y me obliga a salir.

Después de eso paso muchos más días dándole vueltas al asunto, y no descanso bien. Me estoy obsesionando más de la cuenta. Temo cerrar los ojos y morir… Entonces, ¿qué hay de mi suicidio? ¿Abandonaré mi plan por culpa de lo que el señor Toscani me dijo? Imposible… No lo soportaré.

¡La vida que llevo me llena de amargura! Se me hace cuesta arriba fingir que todo va bien, necesito ponerle fin y descansar. Sonrío al imaginar la paz que se debe sentir, huyendo de este mundo enloquecido, de las facturas, de la soledad, de los enfermos… Me miro al espejo y busco un atisbo de ilusión, algo del coraje que una vez sentí. ¿Dónde está Dina? Pero esa imagen de una mujer triste y gris me devuelve una mirada vacía.

No, tengo que hacer algo para asegurarme de que al otro lado no hay ningún horror. Pero, ¿cómo? Podría practicar una eutanasia controlada con alguno de los enfermos más críticos de mi planta, de manera que pueda traerle de vuelta a tiempo y después interrogarle sobre lo que haya podido ver mientras ha estado muerto… No. Rechazo la idea. Cuando les ayudo a morir, lo hago sin su consentimiento, y ya es bastante. No puedo además jugar con ellos. No tengo estómago para hacer eso…

Si quiero asegurarme de que el señor Toscani deliraba, voy a tener que probar suerte yo misma.

Cuando llego a esta conclusión, me sorprendo sonriendo. ¿Es posible? ¡Es una majadería! Espera, Dina, espera… ¿Qué estás diciendo?

Estoy desayunando en mi mísero apartamento de treinta metros cuadrados. Es mi día de descanso, y no tengo intención de salir. No quiero hacer nada, sólo deseo trazar un plan que funcione. Me llevo una cucharada de cereales a la boca, y, mientras mastico, rumio mi alocada idea. La mayoría de los suicidas no quieren realmente morir, sólo llamar la atención, ¿no? Bien, si me quito la vida, pero dejo toda clase de llamadas de auxilio para asegurarme de que lleguen a tiempo para reanimarme… ¿Y a quién puedo avisar? ¿Quién acudiría enseguida si sospechara que trato de suicidarme?

Por supuesto, Sandra. No tengo a nadie más. Así de triste es mi vida, sin amigos, sin familia que se preocupe por mí… Lo más parecido a un amigo es Sandra. Podría calcular cuánto tiempo necesito para que el experimento funcione, y enviarle un mensaje programado para que me salve. Arriesgado, sólo cuento con ella.

Un reguero de excitación me recorre el cuerpo entero. Adrenalina, miedo… Esperanza.