• Maite R. Ochotorena

Relato: «Liv está grabando en directo...»



—…esto es aburrido, de un aburrimiento mortal —Liv tuerce el gesto con un mohín entre pícaro y hastiado. Agarra a su amiga Connie del brazo y la arrastra a través del pabellón donde se celebra la Feria del Libro de Terror, hacia la salida—… No sé por qué me he dejado convencer para venir aquí…

—¿Porque te encanta leer? —Connie se suelta de un tirón y se detiene en seco, enfadada, en medio del gentío. Liv ya está de nuevo con el móvil, enfrascada en Facebook, o en twitter, o hablando por el whatsapp…—. Oye Liv, ya empiezo a estar un poquito harta de tu comportamiento… ¿Es que no piensas parar nunca?

—Venga ya Connie…

—¿Venga ya? Llevas dos meses dando por culo, protestando por todo, si te digo de salir, porque te aburre ir conmigo, si no, porque no te llamo, ¿y para una vez que quedamos estás todo el puto rato enganchada al móvil? ¿Pasas de mí o qué te pasa?

Liv enrojece, se guarda el móvil en el bolsillo del abrigo, y luego desvía la mirada sin saber qué decir. Su amiga suelta un bufido, se cruza de brazos y también mira a otro lado.

A su alrededor, la gente deambula como una marea de agua que nunca cesa… Familias enteras visitan los puestos de las editoriales, repletos de libros de misterio, de intriga, de suspense… Personas de toda clase y condición, una marea humana anónima que se deja llevar, como ellas, atraídas por la literatura más oscura. Connie y Liv, absortas en su propio microcosmos de enfado, apenas son conscientes del murmullo de voces, pasos, empujones…

—Oye Liv, perdona…

Connie no quiere estar enfadada, sólo que Connie le preste atención.

—No. Tienes razón —la ataja Liv. Sus ojos brillan. Aún tiene las mejillas arreboladas por la vergüenza y la obstinación, pero ésta última va cediendo terreno, a medida que su conciencia crece y se da cuenta de su obsesión por el móvil—… Me paso mucho con el teléfono, ¿eh?

—Mucho —sonríe Connie.

La chica da un paso hacia Liv, y ésta, al verla desprendida de su enfado, dispuesta a perdonarla, de pronto abandona su orgullo y la abraza.

—Perdona, joder… Lo último que quiero es que te ralles conmigo, Connie. Es que no sé qué me pasa, estoy pelín… triste últimamente, o no sé… Es como que me diera todo igual… y enredar en las redes parece que es lo único que me alivia…

Se aparta un poco para mirar a su amiga a los ojos.

—¿Me perdonas? Prometo esforzarme un poco…

Connie sonríe aliviada y besa a Liv en la mejilla. Está satisfecha y dispuesta a empezar de nuevo. Entonces ve algo que está segura cambiará el humor torcido de Liv.

—Ven, ¡ya verás como te animas!

La coge de la mano y la guía entre el gentío, hacia uno de los muchos puestos del pabellón.

—¿Qué es…?

—¡Te va a encantar!

Connie se detiene ante una mesa cubierta con una tela negra. Tras ella, un escritor garabatea furiosamente en un gran cuaderno muy gastado. Llama la atención, vestido con un estilo muy gótico y siniestro. Sobre sus cabellos, largos y desgreñados, porta un alto sombrero de copa ancho y arrugado, y las mangas de su chaqueta cubren unas manos hábiles de largos dedos. En general el «stand» está decorado de forma también tétrica, apenas iluminado con algunas velas. Unos pesados cortinajes del color de la sangre cuelgan del techo, el suelo está cubierto con gruesas alfombras oscuras, y una densa red de telarañas artificiales cuelgan en los rincones. Hay calaveras, y una música a tono suena de fondo. Las dos amigas se fijan con fascinación en el letrero que anuncia su temática: «Relatos de Terror, con Jeremy Eights: ¿A qué le tienes miedo?».

—Esto promete… —murmura Liv con curiosidad.

—Aquí pone que el autor hace relatos personalizados en el momento —Connie ha cogido un folleto de la mesa—. Con sólo mirarte, Eights adivina a qué le temes más, luego escribe un relato a tu medida… ¿Quieres probar?

Liv hace una mueca. Le tienta la ocasión de interactuar con un autor de terror.

De pronto el escritor repara en ellas. Aparta su atención del cuaderno y clava sus ojos oscuros en Liv. Tiene un rostro peculiar, algo enjuto, de pómulos marcados y gran nariz. Su mirada impresiona a Liv.

—¿Queréis un relato? —interroga él con interés.

—No…

Liv retrocede un paso mientras piensa que la voz de ese joven autor es particularmente hermosa. Ya no quiere interactuar con él. Jeremy Eights la intimida bastante, y al mismo tiempo es tan atractivo…

—Sí, sí que quiere —interviene Connie. La empuja con cariño hacia el puesto—. Liv es tímida, pero le encanta el terror. Es una devoradora de libros del género, señor Eights…

—¿De veras?

Eights sonríe complacido. Entonces se inclina hacia delante y observa a Liv con intensidad. Sus ojos se ensombrecen bajo las negras cejas. Al poco frunce el ceño, concentrado en ella.

—¿Qué está haciendo?

Liv se revuelve incómoda.

—No seas boba, te está estudiando para saber a qué le tienes miedo —susurra Connie—… Seguro que lo adivina…

—Ya, pues déjelo, no quiero que lo haga —asegura Liv. Da media vuelta, dispuesta a marcharse de allí.

—Un segundo —el escritor la retiene antes de que se vaya.

Coge su cuaderno, busca una hoja limpia, y garabatea frenéticamente algo en ella. Luego arranca la hoja y se la da a Liv.

—No me debes nada, Liv.

La joven duda, se ruboriza, y finalmente coge el trozo de papel. Su expresión se contrae en una mueca de extrañeza. Hay sólo una línea escrita en él:

«Vigila detrás de ti… Tienes compañía».

¿Qué…? De inmediato se vuelve, muy asustada, buscando a su espalda… Nada. Hay mucha gente alrededor, pero nada que llame la atención. Liv está pálida, y Connie se ríe a su lado.

—¿Qué pone? —Connie le quita el papel, y al leer la advertencia, quiere preguntar al autor…

Pero ya no está.

—¿Adónde ha ido?

—Joder… Qué mal rollo…

Liv arruga el papel y lo tira al suelo. Mira de nuevo alrededor, y luego de nuevo hacia la silla vacía donde un momento antes estaba sentado Jeremy Eights.

—Vámonos, Connie, menudo gracioso…

Su amiga se ríe divertida mientras buscan al escritor en los alrededores, sin éxito. Se ha esfumado. Probablemente forma parte de su puesta en escena.

—Desde luego si quiere dar miedo… ¡Se lo monta bien!

—Ya, pues no me ha hecho ni p… gracia. ¿Nos vamos?

—Ya sabes que yo cojo el autobús, ¿te acompaño al garaje?

—No sé por qué no quieres venir conmigo, te llevo a casa…

—No hace falta, Liv. El centro está hoy imposible. Además, mi casa queda a sólo dos paradas. Llego en cinco minutos. Venga que te acompaño…

—No, no, tranquila. ¿Nos vemos otro día entonces? Gracias por esta tarde, lo he pasado bien…

—Mentirosa…

Liv sonríe.

—Perdona por todo. Prometo no sacar el móvil cuando estemos juntas.

—¿Prometido?

—Trato.

Connie abraza a Liv, la besa con cariño en las mejillas, y se despide. Se aleja con su peculiar forma de andar, algo saltarina, y Liv la contempla con una mezcla de pesar y ternura. Luego sale del pabellón en dirección a la entrada del párking, donde ha dejado aparcado el coche.

Está algo contrariada. Al final se ha ido de la feria sin nada. Quería haber comprado tres o cuatro títulos nuevos para satisfacer su devoradora afición a leer… Se enfunda en su abrigo negro y recorre la calle con prisa. Hace frío y ya ha caído la noche. Es lo malo del invierno. Enseguida alcanza la boca del aparcamiento subterráneo. Se detiene al comienzo de las escaleras. Descienden adentrándose en el subsuelo de la ciudad.

«Vigila detrás de ti…»

Maldice a Jeremy Eights por asustarla así. Luego empieza a bajar las escaleras, mientras procura distraerse pensando que la feria aún permanecerá en el pabellón una semana más. Podría comprar sus libros otro día. Llamará a Connie y volverá a quedar con ella, así le compensará su mala actitud con el móvil.

El coche está dos plantas más abajo, tras un continuo descenso en la semi oscuridad. Atrás queda la luz de la calle y el ruido de la ciudad. Una corriente de aire frío asciende desde el fondo del aparcamiento. Liv baja bastante nerviosa, incómoda aún con esas palabras escritas en un papel. Jeremy Eights ha logrado intimidarla… Si vuelve a verle… Precisamente es a eso a lo que más miedo le tiene, a que alguien pueda acecharla en un lugar solitario. ¿Cómo lo habrá adivinado Eights?