• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «El señor Dogherty»



Al caer la noche

El señor Dogherty aguarda paciente a que el sol baje en el horizonte. Apoya su escopeta en la tarima de madera de su porche, y el viejo Poup dormita a sus pies, tan viejo como él, tan gastado, igual de escamado ante la vida, que ya no le sorprende.

Faltan apenas quince minutos para que el sol de julio se oculte detrás de las lejanas colinas del valle. Cuando eso suceda, y la noche extienda sus sombras sobre la granja, estará preparado.

Suele aparecer desde el norte.

Esta vez le espera, en vez de esconderse.

Dogherty masca tabaco mientras otea el bosque circundante, en busca de algún indicio, algún movimiento...

Poup alza la cabeza y sus orejas se orientan hacia delante, los ojos aún vivaces fijos en algún punto distante... Dogherty se prepara.

Empuña la escopeta son sus nudosas manos... se tensa, atento a lo que está por llegar.

Los últimos rayos de sol desaparecen en cuanto éste se esconde definitivamente tras las colinas; el cielo se tiñe de rojo.

El viejo Dogherty se inclina hacia delante.

«Ahora vendrá», se dice...

Poup también aguarda, con el lomo erizado. Sus belfos se retraen y asoman sus gastados colmillos. El lobo es un anciano, pero aún conserva su instinto de animal salvaje.

—Quieto, maldita sea —le ordena Dogherty—... o lo estropearás...

Cuenta hasta diez... hacia atrás. Nueve, ocho, siete...

Y entonces lo ve.

Está en el camino.

Su figura negra serpentea, apenas se distingue su contorno, es como una sombra oscura que parpadea mientras avanza, una figura humana... Pero no lo es.

Eso, no es humano.

Dogherty apunta.

Su escopeta tampoco dispara balas para humanos.

Se contiene un poco más, a que su visitante se aproxime... Más cerca...

Poup gruñe, se impacienta...

—...quieto, Poup...

El aire se enfría, huele a azufre, incluso el cielo se oscurece repentinamente, como si alguien hubiera velado el cielo con un manto de tinieblas. No hay estrellas en ese cielo.

Ya viene...

Los ojos de la sombra son un fulgor rojo, como dos ascuas candentes, fijos en Dogherty.

—Ahora, cabrón...

Dogherty dispara. Un fogonazo estalla, brillante, y un estampido relampaguea en la soledad de la granja. Poup se estremece. La bala sale como un cohete y... atraviesa la sombra...

—...mierda...

La figura avanza, y Dogherty se prepara. Era todo o nada. esta noche ha perdido él.

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