• Maite R. Ochotorena

Relato: «El experimento»



Hormigas negras

Vivir en la montaña tiene sus ventajas. Al menos así se lo parece a Dexie. La primera, ver amanecer sin el bronco rumor de los coches como telón de fondo, de hecho ver amanecer y punto. Otra ventaja, poder contemplar la naturaleza en toda su extensión cada día, levantarse y acostarse admirando su belleza, sostener una relación íntima con ella, o… recibir el aire puro y fresco de los bosques, dormirse arrullada por el canto del arroyo que cruza el prado delante de la casa. Que un ciervo pase por delante de ella una tarde cualquiera es pura magia.

Dexie es feliz. Lleva tres años viviendo así, y no piensa regresar a la ciudad. Se pregunta por qué no salió del tugurio de hormigón y asfalto que era Davenbridge mucho antes, ella que es una amante de la libertad.

Son las siete y cuarto de la mañana, y contempla el soberbio paisaje a través de la ventana, con una taza de café humeante en las manos. La bruma se desprende perezosamente de la tierra y se eleva hacia el cielo despejado. Hay una luz difusa, vaga, y algunas estrellas aún brillan en el horizonte. El mundo despierta.

Dixie sonríe. Se regodea en las vistas mientras piensa que hará en todo el día. No tiene prisa, ni demasiadas cosas que hacer. Su último trabajo para la revista le ha reportado cuantiosos beneficios y puede disfrutar de la bonanza uno o dos meses más. Tal vez salga a dar un paseo con su cámara de fotos. Sí, eso estaría bien, muy bien…

Da unos sorbos a su café recién hecho y mira distraía alrededor. Una hilera de hormigas recorre la encimera de la cocina ordenadamente.

«¿A dónde vais?»

Su primer impulso es pulverizarlas con insecticida, pero hace tiempo que no lo compra, por principios ecológicos, y de todos modos le fascina ese ejército de decididas exploradoras abriéndose camino hacia lo desconocido. Dexie sonríe y sigue el rumbo de la larga fila de hormigas negras. Desciende hasta el suelo y se pierde bajo la puerta que conduce al pasillo.

Se acuclilla y se queda pensando mientras las observa, una detrás de otra. No las matará, decide. Son seres vivos, y tienen derecho a existir, a ir y venir… ¿Quién es ella para exterminarlas? ¿Por qué debería hacerlo? ¿No será ella, que se precie de amar la naturaleza y respetarla, capaz de convivir con otras criaturas?

Una idea se abre camino en su mente, y decide dejarse llevar. Se levanta, rescata su café y se lo termina. Deja que las hormigas sigan a lo suyo. Eso es, «vive y deja vivir….»

La idea de pasear por el frondoso bosque que se extiende al otro lado de su propiedad, aún oculto entre la bruma, se abre paso en su corazón. ¿Dónde dejó su cámara? La encuentra en un cajón del mueble del salón. Se viste con ropa cómoda, y sale a una mañana límpida y fresca. La hierba moja sus botas, salpicada de rocío, y una leve brisa roza su rostro. Pronto llegará la primavera, ya empieza a notarse. Dexie cruza el prado y se encamina con aire decidido hacia el bosque. Sólo tiene que seguir el sendero que lo atraviesa, un camino cubierto por un denso manto de agujas de pino. Un cuco canta en alguna parte. De vez en cuando siente un revuelo de ramas y hojas alrededor. Saca la cámara y comienza a sacar fotos del entorno. Los altos alerces extienden sus ramas a gran altura; sus gruesos troncos cuarteados resplandecen. Los líquenes anaranjados que los cubren provocan un contraste cromático de ensueño. Sus pasos amortiguados apenas se sienten en la calma que la rodea. Dexie dispara, se entretiene, estudia las plantas, busca inspiración…

A su regreso, se siente satisfecha. Está deseosa de ver las instantáneas que ha obtenido en la pantalla de su ordenador.

Abre la puerta de entrada y se limpia los pies en el felpudo. No quiere llenarlo todo de barro…

Entonces, cuando va a dar un paso dentro de la casa, detiene el pie en el aire, a punto de aplastar la corriente de hormigas que recorre el recibidor. Ya no es una fila, sino un cordón de hormigas el que desfila por el suelo.

«Sí que os habéis dado prisa…»

Vacila, no muy segura de permitir que continúen explorando su hogar… Pero la idea de dejarse llevar se abre paso en su mente y en su corazón, y decide dejarlas en paz.

«…vive y deja vivir…», murmura.

Pasa por encima de la hilera de insectos y los ignora. Se dirige a su estudio, decidida a hacer una criba entre las numerosas fotos que ha estado haciendo, algunas sencillamente fantásticas…

De pronto algo se mueve delante de ella. ¿Una ardilla? Dexie duda. Hormigas, una ardilla… Pero claro, ha dejado la ventana abierta. Mira en la cocina. Efectivamente, está abierta de par en par. Va a cerrarla, pero el sol entra a raudales a través de ella y baña su cocina con una luz clara y hermosa. La brisa acaricia su rostro, huele a primavera, a hierba, a bosque… Dexie inspira con fuerza y se siente vivificada… ¿Por qué cerrarla?

Sorprendentemente se da media vuelta y la deja como está. Se aleja cantando en dirección a su estudio y se sienta delante del ordenador. Conecta la cámara, y en cuanto aparecen las imágenes almacenadas en su memoria, comienza a analizarlas, una por una. Pasa el día enfrascada en la tarea, tan ensimismada, que no se da cuenta del paso del tiempo, se olvida de comer, y cuando el hambre la obliga a levantar la vista del ordenador, son ya las nueve de la noche. Ha refrescado bastante. Se estremece.

Dexie está algo aturdida. ¿Cómo ha pasado tanto tiempo allí sentada? Desde luego la selección de fotografías que ha recopilado y editado es espectacular. Puede que le sirvan para su próximo trabajo, de hecho, sí… ¡seguro que serán un éxito!

Se levanta, se estira… Su estómago ruge. ¡Está hambrienta!

La casa está oscura y silenciosa. Una corriente de aire la recorre. ¿Y las hormigas?

Las busca por todas partes, pero se han ido.

«…bueno, buen viaje…», sonríe.

Cierra la ventana de la cocina, prepara algo de cena, y esa noche se acuesta feliz.

Al amanecer, un pájaro golpea la ventana de su dormitorio. Dexie despierta sobresaltada. Mira alrededor, aturdida, buscando el origen del ruido que la ha arrancado del placentero sueño en que se hallaba. De nuevo el pájaro golpea el cristal con su pico. Revolotea frenético dibujando círculos mientras se lanza contra la ventana, adelante y atrás, tratando de entrar. Dexie se incorpora. Observa durante unos segundos su vuelo errático, su desesperación, el frenesí con que agita sus alas. Es un gorrión, o tal vez otra clase de ave, a juzgar por su hermoso pecho rojo.

Una tenue luz ilumina el cielo. Son las seis y media, ni siquiera ha amanecido.

«¿Qué haces tan temprano…?»

Dexie aparta con pereza las mantas y se levanta. El suelo está frío. Camina descalza hasta la ventana y la abre. El pajarillo entra de inmediato y revolotea por la habitación, recorriéndola en círculos. Luego sale por la puerta y desaparece en el pasillo. ¿A dónde habrá ido? Dexie lo sigue curiosa.

Descubre que las hormigas desfilan de nuevo por el suelo. Bajan por las escaleras como un reguero negro y ordenado, pegadas a la pared. Abajo, varias ardillas se alzan sobre sus traseros para mirarla. Sus ojillos brillantes no expresan miedo, sólo curiosidad. Dixie también las estudia. Se ha quedado quieta en lo alto de la escalera, con la mano en la barandilla. Se pregunta cómo han podido entrar… Cerró la ventana de la cocina, de eso está segura.

Baja a la primera planta y pasa entre sus invitadas con cuidado. No se mueven, parecen no tenerle miedo. Su pelaje es rojo y sus largas colas se alzan tiesas.

«…buenos días…», saluda Dixie. Le gusta la sensación.

El pájaro ha desaparecido.

Dexie ya no tiene sueño. Decide desayunar. Un café le vendrá bien. Luego se mete en el baño y se da una ducha. Mientras se jabona, reflexiona acerca de las hormigas, las ardillas… Parece que… al haber dejado la ventana abierta el día anterior, la naturaleza a interpretado que es su invitada… Ha hecho algo más que ventilar la casa. Bueno, no le disgusta la presencia de los animales, de hecho, le resulta agradable verlos por allí.

Cuando sale del baño, recuerda que tiene que bajar al pueblo a llevar unas cartas al correo. Tuerce el gesto. No le gusta salir de su agradable entorno, pero tiene que hacerlo. Aún necesita de su trabajo para subsistir. Sin embargo, antes de irse, abre las puertas y ventanas de toda la casa, de par en par. Va a hacer un buen día y quiere que cuando regrese del pueblo huela a primavera… Además, siente que no tiene por qué impedirle el paso a las criaturas que comparten con ella semejante paraíso.

Para cuando llega al pequeño Doodlidge, un conjunto de casitas blancas con poco más de cinco mil habitantes, luce un sol espléndido. Dixie aparca en una estrecha calle y corre a entregar sus cartas en la oficina postal. Una es para la directora de la revista, Amanda Bethfield, con algunas ideas para el futuro. La otra es para su hermana Betsie.

Al terminar, aún son las diez. Decide quedarse toda la mañana, y aprovechar para visitar algunas tiendas y hacer compras. Todo sigue igual en Doodlidge, un lugar encantador, enclavado entre montañas, en un valle profundo bañado por un río caudaloso cuyas aguas limpias forman espectaculares pozas que le han dado fama entre los amantes de la naturaleza. Dexie saluda a algunas personas y se deja llevar por el ritmo pausado de sus calles encantadoras. De vez en cuando no está tan mal salir de si aislamiento en las montañas.

A su regreso a casa, lo hace cargada con bolsas llenas de víveres. También ha comprado algunos libros, y el último ejemplar de la revista para la que trabaja. Quiere tener su exitoso reportaje para el recuerdo. Cierra el maletero del coche y atraviesa el jardín hasta la entrada. Ha de reconocer que bajar a Doodlidge de vez en cuando merece la pena, aunque… No, no hay nada como regresar al hogar.

Abre la puerta con las llaves, se agacha para recoger las bolsas, y la empuja con el pie. Cuando se dispone a entrar, descubre sorprendida que las hormigas han colonizado el recibidor y el pasillo. Varios regueros lo recorren todo por el suelo, las paredes y el techo. Un alegre grupo de mariposas revolotea en el aire en medio del salón, y las ardillas saltan por las escaleras. Dexie entra y cierra la puerta, pensativa. Mira alrededor… Un ciervo alza su gran cabeza en medio de la cocina. La puerta que da al jardín está abierta…

«…madre mía…», musita sobrecogida.

Da unos pasos, procurando no pisar las hormigas. Se da cuenta de que unas llevan granos de arroz, otras migas de pan… unas hileras van en una dirección, otras en la contraria… Circulan de ida y vuelta ordenadamente. Dexie se acerca a la cocina. El ciervo se marcha con un salto elegante y desaparece por el prado. Deja las bolsas sobre la encimera y empieza a guardarlo todo en los armarios. Dentro encuentra algunos ratones de campo, que al verla se escabullen en todas direcciones. Dexie suelta un grito y retrocede. ¿Cómo es posible? Nunca ha visto nada igual…

Sin embargo, no hace nada. No cierra la ventana, no cierra la puerta del jardín. Le gusta sentir la brisa, le gusta que la naturaleza haya decidido visitarla, hay cierta magia en lo que está pasando, y quiere saber qué ocurrirá. Prepara la comida y sale a la mesa que tiene en el jardín, atenta a lo que ocurre alrededor. Se oye el canto de los pájaros. Un conejo pasa entre sus pies y se cuela en la cocina, las mariposas danzan a su alrededor, un jilguero se posa en el arce que crece a su lado, y llena el aire con su voz melodiosa…. Dexie siente que algo está cambiando, se embriaga mientras come, disfrutando del canto del ave… Se descalza y se recuesta en la silla de mimbre. Se queda dormida bajo la agradable sombra del arce.

Cuando despierta, siente cosquillas en los pies. Son las seis de la tarde, y ha dormido tan bien… Se frota los ojos, y mira al suelo. Tiene caracoles en el empeine. A Dexie le hace gracia. Se agacha y los retira, dejándolos en la hierba. Se calza, y entra en la casa. Hay una estampida de conejos y ardillas en la cocina. Se desperdigan por el salón y las escaleras. Las hormigas son ahora legión y lo recorren todo cargadas con lo que encuentran en su despensa. Un zorro pasa por delante de ella en pos de un conejo…

«¿Estaré soñando?»

Dexie está aturdida. Se plantea cerrar la ventana y fumigar la casa, pero un vistazo al bosque que tanto ama, la disuade. La curiosidad puede con ella. Podría escribir sobre el curioso fenómeno. Necesita saber hasta dónde puede llegar, ¿dónde está su nivel de tolerancia? Sube a su dormitorio. Está invadido por las hormigas, hay caracoles por la pared y en las cortinas, las mariposas revolotean, brillantes sus alas multicolores a la luz del sol vespertino, y un gato montés duerme sobre su cama. Al verla, levanta la hermosa cabeza y fija en ella sus hermosos ojos felinos. No se asusta, y Dexie tampoco, pero se alegra cuando se levanta y se marcha. ¿Qué hacer?

Ahora no puede parar. Tiene que saber cómo se desarrollarán las cosas. Lo que ha empezado como un gesto generoso, se está convirtiendo en un experimento.

Dexie se siente cansada, terriblemente cansada. Se sienta en la cama, y palpa el hueco cálido que hace un momento ocupaba el gato montés. Entonces siente un picotazo en el cuello, y un dolor punzante estalla bajo la piel, en la nuca. Dexie chilla. Una avispa sale zumbando ante sus ojos. Es la primera agresión que sufre de sus invasores. Tal vez no ha sido tan buena idea abrir su casa a la naturaleza… es hora de terminar el experimento.

Va a levantarse, dispuesta a cerrar las ventanas, pero un sordo zumbido llega hasta ella desde el pasillo. Al instante un enjambre de avispas irrumpe en el dormitorio y se abalanza sobre ella, una nube densa y negra… Dexie aúlla, acusa el sinfín de picotazos con que la atacan, agita los brazos, trata de protegerse, de llegar al baño… Pero tropieza y cae de culo. Las hormigas, que ahora lo invaden todo, se revolucionan y comienzan a trepar por sus piernas, se cuelan bajo sus pantalones, y suben por las pantorrillas, los muslos…

Dexie chilla y se retuerce dolorida bajo la presión de las avispas furiosas. Las hormigas, huestes hambrientas que ya han colonizado la casa, envuelven su cuerpo. Siente cómo corren sobre su piel… Cuando sus mandíbulas muerden su carne, Dexie comprende que su experiencia va a acabar muy mal. En el alféizar de la ventana hay varios cuervos graznando, los ratones corretean alrededor… Tiene los ojos Yan hinchados a causa del veneno de las avispas que apenas puede abrirlos… Se le hincha la garganta, no puede respirar… Las avispas se retiran cuando una manada de lobos irrumpe en el dormitorio.

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