• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «Días de Gloria»



Hombre amordazado

—¿A qué sabe la gloria, Quincy?

—No te comprendo... Suéltame ya, por favor...

—¿No comprendes? Para ser un tío que lo tiene todo, tardas mucho en procesar las preguntas, y eso me irrita...

—...por favor...

—¿Y sabes que es lo peor? Que no soporto esa cara de niñato asustado que pones, ni los mocos que te cuelgan de la nariz, ni las babas que empapan la pechera de tu camisa de marca...

—Suéltame, yo siempre te he tratado bien...

Douglas sonríe con sorna. A continuación coge una silla y se sienta a pocos centímetros de Quincy, en silencio. Parece más calmado, o, al menos, ha desaparecido ese rictus violento de su expresión.

—Douglas, oye, dime qué quieres... te ayudaré, sólo dime qué necesitas, tío...

—¿Qué necesito yo? —Douglas lo medita un instante— Qué necesito yo... Es curioso, a mí me parece que no estás para ofrecer favores...

—Si me sueltas...

—...casi prefiero al llorón suplicante...

—Por favor, por favor, Douglas...

—¡¡CÁLLATE!! ¡¡JODER!!

De nuevo la ira. El semblante de Douglas se ha convertido en un caldero hirviente de magma, y sus ojos en dos ascuas recorridas por hilos de sangre. Se ha inclinado tanto hacia delante sobre la silla que ha salpicado a Quincy con su saliva.

Quincy tiembla, no sabe cómo ablandar a ese hombre violento dominado por la envidia y el despecho. Sabe que no puede comprarle con dinero. Sus promesas no tienen valor para él. Guarda silencio y agacha la cabeza.

—...nunca quise perjudicarte... —murmura.

—¿Cómo dices?

—...lo que oyes... Siempre me caíste bien, y... es verdad, no he tenido ocasión de demostrártelo... Lo siento, Douglas.

—¿Ahora tratas de hacerme la pelota?

—No...

—...Pues tú siempre ma caíste gordo, desde el primer día que entraste por la puerta de mi despacho, con ese aire triunfal de trepa de mierda... Quise clavarte mi abrecartas en la cabeza en cuanto abriste la boca...

De pronto Douglas extrae un elegante abrecartas del bolsillo de su pantalón y lo hace girar entre los dedos para que lo vea. Quincy sigue sus movimientos con ojos desorbitados. Le tiemblan los labios y moquea... No puede limpiarse porque está maniatado.

—...los tipos como tú medráis pisoteando a los demás, eres un puto veneno, Quincy.

—¿Qué vas a hacer...

—¿Qué voy a hacer? Matarte, por supuesto. Pero no ahora, tranquilo. Mañana, mañana será un buen día. Tenemos tiempo.

Douglas sonríe con sinceridad, ilusionado, y Quincy se encoge en la silla.

—Vendrán a buscarme...

—Nadie vendrá por ti, Quincy, porque todos te odian.

Quincy derrama un sollozo entrecortado y deja caer la cabeza, musitando palabras sueltas, sin sentido.

Entonces distingue algo que se mueve en la puerta de su salón.

Fix. Fix está en la puerta. Había olvidado a Fix.

Quincy se agita... Douglas se equivoca, no todos le odian. Fix no le odia, Fix es fiel...

El enorme rottweiler siempre se mueve con sigilo, por eso Douglas no lo ha encontrado. Ahora está muy quieto, observando la escena. Douglas no se ha dado cuenta aún de que lo tiene a su espalda.

La casa de Quincy es enorme. Douglas ha matado al servicio y a su mujer. Probablemente no sabe que Fix existe, o lo habría eliminado también. ¿Dónde estaba? Tal vez en el jardín. Suele escaparse y merodear por el bosque cercano que bordea la propiedad.

No... Fix no le odia, Fix es probablemente el único ser sobre la tierra que daría su vida por él.

Quincy alza la cabeza y se queda mirando al rottweiler fijamente. El perro es inteligente. Analiza la expresión de su dueño. Luego sus ojos castaños observan a Douglas mientras éste se mofa de Quincy y se guarda el abrecartas.

Cuando Quincy le hace un leve gesto a Fix, apenas perceptible, el perro gira su gran cabeza hacia Douglas, exhibe sus potentes colmillos, y se abalanza sobre él.

Quincy sonríe.

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