• Maite R. Ochotorena

Relato: «El coleccionista»



sapo

Nico se agacha.

A sus pies, sobre el asfalto, ha encontrado los restos de un sapo aplastado por las ruedas de algún vehículo pesado. Nico se agacha y alarga los dedos con curiosidad, hasta rozar la piel gris, sin matices, del invertebrado. Comprueba que está seca. En realidad, no queda nada de lo que una vez fuera el sapo, salvo una cuarteada silueta recortada contra la carretera.

Es así como le gusta.

A Nico le brillan los ojos.

A Nico le fascina el malhadado sapo.

Coge un palo y despega los restos resecos del animal del asfalto. Abre la bolsa de tela que siempre lleva consigo y coloca con delicadeza su hallazgo en ella, junto al cadáver momificado de un gorrión, el de un pequeño ratón y el de una cucaracha, sus tres últimas adquisiciones.

Su colección está aumentando satisfactoriamente.

Nico sonríe.

Se hace tarde, por eso se levanta y abandona la vieja carretera. A papá y mamá no les gusta que llegue a casa después del atardecer. Se asustan si no saben dónde está.

Aprieta el paso para llegar antes, muy contento. No le importa interrumpir su búsqueda diaria, porque sabe que al día siguiente podrá retomarla después del colegio. Atraviesa el puente sobre el río Doogha canturreando, y toma el sendero que lleva a su barriada, un triste conglomerado de edificios obreros, dispares y obsoletos. La calle estrecha que lleva a su casa es larga y algo oscura, pero Nico no tiene miedo, no en vano en esa calle ha encontrado algunos de sus más preciados tesoros. Una vez se topó con una enorme rata, del tamaño de un gato, solidificada junto a la boca de una alcantarilla, con la cara aplastada de tal manera que los dos ojos habían quedado en el mismo plano.

Nico da saltitos mientras camina… hasta que tropieza. Se le cae la bolsa con sus hallazgos del día, se abre, y su contenido se desparrama por el suelo. El sapo cae en un charco.

—¿Te has hecho daño?

Nico, que se ha quedado anonadado viendo el sapo en el fondo del charco maloliente, alza el rostro. A su lado hay un hombre… o lo que parece un hombre. Abre la boca asombrado por su aspecto. No siente miedo, sólo curiosidad. Se pone en pie con cuidado y se limpia las manitas contra la pernera de sus pantalones cortos. Se ha lastimado las rodillas.

El hombre, muy alto y oscuro, se agacha a su lado. Hinca una rodilla huesuda en el suelo, hasta quedar a su altura. Ladea la cabeza para observarle mejor. Tiene unos ojos profundos, muy hundidos en un rostro cadavérico. Nico nunca ha visto antes uno igual. Se fija en sus pómulos sobresalientes, y en el modo en que sus cejas escasas dibujan un arco sobre esos ojos enigmáticos. El hombre abre la boca para hablar, y deja al descubierto dos largas hileras de dientes puntiagudos.

—¿Te has hecho daño?—repite. Su voz es gutural y cavernosa. No parece provenir de una garganta humana, sino de las profundidades de una caverna.

—Sólo ha sido un rasguño —musita Nico algo cohibido.

—¿Es tuyo todo eso? —el hombre señala con la cabeza el sapo, el gorrión, el ratón y la cucaracha, desparramados por el suelo de la angosta calle.

—Sí.

Nico se agacha y comienza a devolverlo todo a su bolsa de tela. Cuando le toca el turno al sapo, aparta la mano con lástima. Está mojado, ya no le sirve. Se encara de nuevo al extraño, que no se ha movido de su lugar.

—¿Es parte de una colección?

Nico asiente. Clava sus curiosos ojos en ese rostro deforme y fantasmal. Cuanto más lo mira, más le parece el de un cadáver, no el de un ser humano. El hombre abre esa boca, y emite un cloqueo antinatural, como si hubiera una carraca al fondo de su garganta.

—¿Coleccionas muerte? —insiste con avidez. Su mandíbula se mueve a derecha e izquierda, desencajada, y al hablar su boca se hace enorme, descomunal, y un abismo negro queda al descubierto tras sus dos hileras de dientes afilados.

—Sí…

—¿Por qué?

Nico se encoge de hombros. No sabe por qué.

—¿A ti no te gusta coleccionar nada? —se atreve a preguntar.

El hombre sonríe y cloquea de nuevo, esta vez con más intensidad, mientras su rostro se distorsiona ante su mirada hipnotizada.

—…en realidad, sí…

—¿Qué te gusta coleccionar?

El hombre sonríe. Tarda en responder, y cuando lo hace, alarga una mano hacia el chico y su bolsa.

—Colecciono niños… Parece que he tenido suerte… Nico, Nico, Nico…

Un cloqueo recorre la calle y se pierde en el silencio.

#relatos #intriga

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