• Maite R. Ochotorena

Relato: «Una rata de noventa kilos»



necrófago

Ir de excursión no es lo que más les gusta a Ivette y a su amiga Mallory, pero es verano, hace buen tiempo, y no tienen nada mejor que hacer, así que se han decidido a cambiar sus costumbres. Aprovechando la luz del sol, pasean por la ladera del monte Vermont, lejos del bullicio del alegre pueblo donde viven, Villarth City.

El sendero por el que ascienden es empinado y agreste, cubierto por un grueso mantillo que hace que sus pasos se hundan con languidez; parece como si caminaran sobre un suave manto de nubes. Un denso bosque se abre ante ellas, frondoso y fresco. Sin embargo Ivette no está contenta.

—...no sé por qué me dejo convencer —resopla—, si no me gusta andar, y no me gusta el campo, ni los bichos…

—Porque estabas tan aburrida como yo —argumenta Mallory con una mueca, a escasos pasos por detrás de ella—. Además, no te quejes, vamos por la sombra, y el suelo es blando, no es para tanto.

—Eso lo dirás tú —protesta Ivette. Se da una sonora palmada en el cuello para atestiguar sus palabras—, a ti no te están acribillando a picotazos…

—Schhhhh…

Mallory se detiene.

—¿Qué pasa…

—¿Has oído?

—El qué…

—Como un «chack» «chack»…

Ivette niega con la cabeza. Aguza el oído, y mira alrededor. Los altos árboles cierran el paisaje en todas direcciones. No se ve nada.

—…Bah... qué más da… Sigue andando. Cuanto antes lleguemos a donde sea que vayamos, antes podré marcharme a casa…

—Calla… Se oye por ahí, entre esas matas…

Efectivamente, se escucha un claro «chack», y a continuación un sordo rumor, gutural, además de una especie de gruñido.

Ivette y Mallory se miran inquietas. De pronto algo, ladera abajo, se agita.

—Vamos a ver…

Ivette, que hasta ahora estaba soberanamente aburrida, se desliza ahora con inusitada rapidez fuera del sendero. Su mochila se bambolea sobre su gruesa figura.

—¡Qué haces! —susurra Mallory asustada. Pero la sigue—. Joder Ivette, no empieces…

—No empiezo, sólo quiero ver qué es…

Se asoman por encima de una roca que sobresale del suelo y observan. Más abajo, enre unas piedras, ven una figura humana. Está encorvada sobre un cuerpo, un cadáver. Mallory va a gritar, pero Ivette le tapa la boca a tiempo. Le indica con el dedo que guarde silencio.

El hombre está devorando el cuerpo, arranca trozos de carne de él y se los lleva a la boca. Tiene las uñas largas y unos dedos retorcidos.

—Joder —murmura Ivette—… Ese cadáver está…

—¿Podrido?

Ivette asiente. A Mallory le sube una arcada por el esófago y está a punto de vomitar. Se mueve. Quiere marcharse, pero Ivette la retiene.

—¿A dónde vas? Si nos ve…

—Yo no me quedo aquí.

—Deberíamos llamar a la policía…

—Aquí no hay cobertura, Ivette…

—Pues saquémosle una foto. Será una prueba, ¿no? Si no, no nos creerán…

Ivette no espera a saber la opinión de su amiga. Saca el móvil del bolsillo de su pantalón corto y se dispone a fotografiar al extraño ser devorando del cadáver.

—Espera… Ponlo en silencio…

Ivette obedece, alza el móvil, se asoma por encima de la gran roca tras la que se ocultan, y enfoca. De pronto el hombre gira el rostro y la mira directamente. Sus ojos oscuros brillan en la penumbra del bosque. Ivette sabe que la ha visto, y no sólo eso… Le reconoce. El necrófago es el señor Valentine Ferguss.

—¿Le has visto? —murmura Mallory casi sin voz —... Es el señor Ferguss...

—Joder, sí que es él, pero...

—...su aspecto... Está muy desmejorado...

—Aquí huele que apesta... fíjate en sus manos, parecen ramas retorcidas...

—Y sus uñas...

—¡Corre!

Ivette se guarda el móvil y tira de su amiga. Salen de su improvisada atalaya y corren despavoridas sin mirar por dónde van, resoplando, aterrorizadas, mirando de vez en cuando por encima del hombro para ver si el señor Ferguss las sigue.

—¿Por qué corremos? ¿Nos ha visto? —gime Mallory.

—Joder, sí… ¡Y me ha reconocido! Me cargué a su Gata el año pasado, ¡seguro que se acuerda!

—Qué...

—No me mires así, fue un accidente...

—¡Joder Ivette! ¿Es que estás loca? ¿¿Por qué siempre haces esas cosas??

—Seguro que se quiere vengar, qué hijo de puta…

—¡¡Ivette para!! —Mallory deja de correr y mira alrededor, pálida y confusa—... ¿¿Dónde estamos?? No reconozco esto...

Ivette comprueba que su amiga tiene razón. Ella también palidece.

¡¡Chack!! Algo se mueve entre los árboles...

—¡¡Por aquí!!

Ivette descubre una cueva en la ladera del monte y arrastra a Mallory por la angosta entrada. Se agazapan y esperan...

Nada se oye fuera. Todo está tranquilo.

—...qué es este lugar... —susurra Mallory.

Enciende la luz de su móvil y alumbra el entorno, una gruta baja y ancha, de roca oscura... El suelo está cubierto de restos humanos, y ellas se han ocultado sobre un montón de huesos...

Mallory se tapa la boca con la mano y gime...

—Joder... joder... ¡¡Vámonos ya!!!

Ésa es sin duda la guarida de Ferguss. No saben si las ha seguido hasta allí, pero el horror que acaban de descubrir impulsa su huida.

Salen a trompicones e inician el descenso por la empinada ladera de un bosque profundo. Corren, tropiezan, lloran...

Ivette localiza al fin el sendero y empuja a Mallory monte abajo... Milagrosamente alcanzan el lugar donde han dejado aparcado su coche. Aunque fatigadas y llenas de arañazos, las dos sonríen. Han tenido suerte.

—¿Te ha dado tiempo a sacarle una foto?

Resopla Mallory. Ivette lo comprueba.

—No… ¡Mierda!

—¿Y qué vamos a hacer?

—Denunciarlo…

—No podemos, nos ha visto, si se entera, vendrá a por nosotras…

Ivette reflexiona.

—¿Te acuerdas de aquella noticia en el Vanity Journal?

—¿Cuál…

—La de las profanaciones del cementerio…

—¿La que decía que alguien se estaba llevando los muertos recién enterrados?

—Esa. ¿No has visto la pinta del cuerpo que se estaba zampando?

—¿Crees que es él? ¿El ladrón?

—¿Quién si no? ¿Cuantos cadaveres se ha llevado ya?

—Han sido al menos doce... ¿Y qué vamos a hacer?

—Tengo una idea, pero no te va a gustar —sonríe Ivette—. Vamos de compras.

—Ivette no…

—«Ivette no»… Cobardica…

—Cobardica no, es que no me gustan las sorpresas, ya lo sabes.

—Ésta te gustará… ¿Acaso quieres vivir con miedo a que ese tipo venga a liquidarnos para luego devorar nuestros restos?

Mallory niega con la cabeza, muy pálida.

—Pues vamos a la tienda de la señora Rathcliffe.

Mallory la mira sin comprender.

—Ya lo entenderás.

Ivette se mete en el coche, arranca, acelera y toma la vieja carretera hacia el pueblecito de Villarth City. Atrás queda el monte Vermont y su horror...

El pueblo está apenas a veinte kilmómetros, y la tienda de la señora Rathcliffe se encuentra en las afueras.

Mallory trata de imaginar qué está planeando su amiga, pero no logra adivinarlo. Cuando aparcan en la calleja donde la señora Rathcliffe tiene su tienda, baja del coche nerviosa.

—Sígueme el rollo y no la fastidies —le ordena Ivette muy segura.

Se aproximan a la tienda y abren una puerta verde de madera, muy antigua. Hacen sonar unas campanillas al entrar. Un intenso olor a hierbas aromáticas y a incienso inunda su olfato. La pequeña tienda está abarrotada de abalorios, perfumes, hierbas, ungüentos y otros raros productos de alquimia.

—¡Ivette! ¡Mallory! —exclama la señora Rathcliffe nada más verlas—. ¿Qué os trae por aquí?

Las mira con desconfianza, las conoce bien y sabe que cualquier cosa puede suceder cuando las dos amigas andan juntas. Observa su aspecto sudoroso, el pelo revuelto y sus miradas huidizas. Tienen los brazos y las piernas cubiertos de arañazos. Definitivamente, traman algo. La señora Rathcliffe se tensa.

—Buenos días, señora… —saluda Mallory. No sabe muy bien qué decir. Ella no conoce el plan de su amiga.

—¿Tiene estricnina? —suelta de pronto Ivette, con descaro y seguridad. Mallory la mira desconcertada, y la señora Rathcliffe también.

—¿Estricnina? ¿Para qué quieres tú estricnina, niña?

Mallory comprende de pronto qué planea Ivette, y se apresura a ayudarla.

—Quería decir raticida, tenemos ratas en casa —miente para apoyarla.

—Eso, ratas —sonríe Ivette—, ratas muy gordas.

—¡Odio las ratas! —gruñe la señora Rathcliffe con un aspaviento—. De eso sí tengo.

Desaparece en la trastienda y Mallory aprovecha que no las oye para encararse a su amiga.

—¡¡Pero qué haces!!

—Cargarme una rata bien gorda... —sonríe Ivette.

—¿Estás loca??

La señora Rathcliffe regresa con un paquete de raticida. Lee las instrucciones a través de sus gafas, entrecerrando mucho los ojos y alargando el brazo para ver mejor.

—Trae una jeringuilla en el paquete...

—¡¡Genial!! Y bueno —dice Ivette—... ¿qué cantidad haría falta para matar una rata de noventa kilos?

La señora Rathcliffe abre la boca y la vuelve a cerrar. Mallory suelta un bufido y le propina un codazo a su amiga.

—No le haga caso a Ivette, es una bromista... ¿Cuánto es?

—Diez libras...

Mallory paga, agarra a Ivette del brazo y la arrastra fuera de la tienda. Está furiosa.

—¡¡No creas que esta vez te voy a secundar con tus locuras, Ivette!! —refunfuña.

—¿No vas a acompañarme al cementerio? ¿Vas a dejarme ir sola?

Mallory la observa sin comprender.

—¿Al cementerio?

—¡¡Tenemos que robar un cadáver!!

Mallory menea la cabeza, cada vez más incrédula y atónita.

—¿¿Para qué quieres un cadáver?? ¿¿No ves que el cementerio estará vigilado gracias al señor Ferguss?

—No el viejo cementerio...

Mallory comprende que su amiga habla en serio.

—No... ¡¡No!! ¡¡Ni hablar!!

—Venga Mallory, ¿vas a quedarte sentada a esperar a que el señor Ferguss venga a por ti? No creerás en serio que nos va a dejar en paz...

Mallory sabe que tiene razón. Suelta un bufido, e Ivette sonríe.

—¡¡Vamos a liquidar la rata más gorda de Villarth City!!!

Le quita el paquete de raticida a su amiga y se gira para cruzar la calle y regresar al pequeño Volvo rojo que siempre conduce.

—¿No deberíamos esperar a que anochezca al menos?

—Ni hablar... Al anochecer vendrá a por nosotras. ¡Tenemos que estar preparadas para entonces!

Arranca y sale calle adelante.

—¿De verdad mataste a su gata?

—La atropellé... —reconoce Ivette.

—¿Adrede?

—No me dejaba dormir.

Mallory no sabe qué decir. Se pregunta por qué soporta a alguien como Ivette. Ni siquiera comprende por qué la acompaña al cementerio...

O sí. Porque tiene miedo.

Saint Anthony es el cementerio antiguo. Ya no se utiliza. Se encuentra junto a la vieja iglesia en lo alto de la colina que preside Villarth City, como una torre de vigilancia recia y antigua cuya silueta se recorta contra el cielo.

—Será coser y cantar.

Ivette deja el coche detrás de la Iglesia. Las dos amigas penetran en el desierto cementerio. Ivette avanza segura entre las lápidas y cruces cubiertas de líquenes y musgo. Ya nadie va allí a visitar a los muertos. Ahora todo el

Mundo va al cementerio Saint Miquel, más grande y moderno.

Se detienen junto a una tumba.

Ivette se agacha y aparta con la mano la maleza.

—¿Tu abuelo?

Efectivamente, en la lápida está grabado el nombre del abuelo de Ivette, Joseph Calvin Donnahew.

—¿Tu abuelo? —repite Mallory incrédula—. ¿Es en serio? ¿Vas a profanar la tumba de tu abuelo?

—Puestas a robar cadaveres, que sean nuestros, ¿no crees? Además, a mi abuelo no le importará si es por una buena causa.

Ivette se va hacia la caseta de aperos que hay junto a la iglesia, la abre, y saca dos palas. Le da una a Mallory y le hace un gesto para que se ponga manos a la obra.

—...de tu abuelo ya sólo quedarán los huesos, Ivette...

—¡¡Mierda!! Es verdad... Joder... Necesitamos un cadáver más reciente, ¡claro!

Mira alrededor muy contrariada. Entonces repara en una tumba cuya tierra ha sido recientemente removida.

—¿A quien habrán enterrado ahí?

Se acercan en silencio, algo encogidas de aprensión por lo que planean hacer. La tumba no tiene lápida.

—Déjala Ivette, vámonos, te lo ruego...

—Será algún pobre desgraciado. Venga Mallory, ¡¡el tiempo apremia!!

Sin dudarlo, Ivette se pone a retirar la tierra con inusitada energía. Mallory duda, pero al final se une a sus esfuerzos. Cuando todo acabe, le dirá adiós a Ivette, para siempre.

Al cabo de media hora se topan con un ataúd nuevo. Ivette se entusiasma, y se coloca a horcajadas sobre él para terminar de descubrirlo. Mallory ahoga un gemido cuando la ve forzar la tapa, levantarla... y dejar al descubierto el cuerpo marchito de una anciana.

—Qué pretendes...

—Le inyectaremos el raticida y cuando el señor Ferguss se la coma...

—Por favor Ivette... ¿No podemos irnos a casa? ¡¡O a la policía!! ¡¡Eso es!! ¡¡Vayamos a la comisaría!!

—¿¿Y esperar que esos inútiles atrapen al señor Ferguss antes de que nos liquide?? Tú sueñas, Mallory...

Ivette coge el raticida, extrae de la caja la jeringuilla que trae en una bolsita de plástico, y se dispone a inyectarle al cuerpo inerte de la anciana anónima una dosis tras otra de veneno.

—No va a funcionar... —murmura Mallory.

—No seas agorera, joder...

—¿Y qué viene después? ¿Llevar a esa pobre vieja a casa del señor Ferguss y llamar a su puerta?

—¿Y por qué no? —Mallory palidece—. Pero no seas boba!! —se ríe Ivette—. Tranquila, será él el que venga, en cuanto tenga hambre. No puede ir al cementerio de siempre, porque lo tienen vigilado, por eso sé que vendrá aquí. Sólo tenemos que esperar escondidas en la caseta de las herramientas del enterrador. Venga, no quiero que nos vea...

—¿Y el cadáver?

—Es verdad... ¿Qué crees?

—Mejor meterlo de nuevo en su caja y dejarlo como estaba. Si no el señor Ferguss podría sospechar...

Ivette sonríe ampliamente. Le estampa un sonoro beso a su amiga en la frente y se afana en volver a sepultar a la infortunada anciana, repleta de veneno para ratas. Después se dirige al viejo almacén junto a la iglesia.

Mallory la sigue de mala gana y se esconde junto a ella lo mejor que puede.

— Verás cómo funciona...

Sobre las ocho de la tarde oyen pasos. Alguien se acerca caminando despacio, arrastrando los pies por la gravilla del suelo. A Mallory le tiemblan las piernas y no se atreve a mirar. Ivette en cambio, que está deseando comprobar si funciona su trampa, espía a través de un agujero abierto en la desvencijada puerta de madera del chamizo.

Es Ferguss, alto, encorvado, vacilante... Avanza lento y torpe, con sus brazos largos colgando y los dedos de las manos retorcidos y extraños. Ivette ve sus uñas largas y amarillas, como garras, y se estremece.

Ferguss alza el rostro macilento y olisquea el aire. Se detiene en mitad del viejo cementerio. La Luz del día mengua y el silencio en la colina es sepulcral. Por un instante parece que adivina qué no está solo. Casi se vuelve, pero no lo hace. Envuelto en su ajado traje oscuro, el hombre resulta siniestro. Da unos pasos, buscando... y descubre la tumba más reciente, la única que tiene un cadáver cuya carne puede devorar.

Ivette sonríe triunfal. Le ve ponerse a cuatro patas y empezar a excavar con las manos, arañando la tierra, hurgando en ella... Cuando al fin encuentra el ataúd, se apresura a desenterrarlo. Un gutural gemido animal brota de su garganta, y después emite un gorgorito.

Mallory se aferra al brazo de su amiga, aterrada. No puede apartar los ojos de la macabra escena.

El señor Ferguss, de rodillas, ha sacado el cadáver de su tumba, y empieza a comérselo... Las chicas escuchan desde donde están cómo sus dientes desgarran la carne, tiran, mastican... Abren los ojos en la oscuridad, ocultas entre las herramientas del enterrador, sogas, cuerdas, azadas... Esperan ver a Ferguss morir en cualquier momento, víctima del raticida...

Pasan diez minutos... quince... Y al fin el hombre contrahecho se alza y aúlla, un grito desgarrador que rompe el silencio... Se retuerce, gira, convulsiona... y al fin se desploma sobre los restos de la anciana.

Ivette y Mallory tardan un rato en salir. Cuando lo hacen, se aproximan al cuerpo inanimado del necrófago con cuidado. Ivette se atreve a tocarlo con la punta del pie.

—...está muerto... ¡¡Ha funcionado!! —grita volviéndose hacia Mallory.

Pero ella está pálida. Sus ojos no se apartan del señor Ferguss, que de pronto se yergue...

Sus ojos sin fondo se clavan en Ivette y su boca deforme se abre, grande, repleta de dientes afilados. Cuando muerde a Ivette y desgarra su muslo izquierdo, Mallory comprende que nada pueden matar a alguien que ya está muerto. El señor Ferguss es un muerto viviente...

—¡¡Mallory!! —aúlla Ivette, suplicando ayuda.

Pero Mallory retrocede. Mientras El señor Ferguss desgarra con sus uñas la carne joven de Ivette y acaba con ella, mira a Mallory. Sus ojos vacuos atraviesan su alma, y ella da media vuelta y corre.

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