• Maite R. Ochotorena

Relato: «Dónde están las llaves...»



alcantarilla

Se le han caído las llaves, con tan mala fortuna que se han colado por la rejilla de esa alcantarilla.

Ben se agacha y atisba a través de ella, hacia la oscuridad. No alcanza a verlas. Tal vez el fondo esté demasiado abajo, inalcanzable.

Acuclillado en medio de la acera de una calle atestada, Ben se pregunta cómo va a poder entrar en casa. Tendrá que llamar a un cerrajero, y eso le contraría. Clava los ojos en la alcantarilla, obstinado. Sus llaves han de estar ahí mismo, tan cerca que… De no ser por la maldita rejilla de hierro que la protege, podría introducir su brazo y alcanzarlas.

Tal vez si…

Ben alarga la mano y tira del hierro con fuerza. La rejilla no se mueve, está firmemente anclada en su lugar. Se pone de rodillas, vuelve a insistir, forcejea, la sacude… y entonces un »ckack» resuena claramente en sus oídos. Ahora la rejilla está suelta en su mano. La ha liberado.

Mira alrededor. Nadie parece reparar en él, ahí agachado junto al bordillo. Animado por la oportunidad que se abre ante sus ojos, Ben deja a un lado la rejilla y escudriña el agujero negro que ha quedado abierto ante él. Una corriente de aire helado acaricia su rostro. Huele levemente a humedad y a tierra mojada.

No distingue las llaves.

Se remanga con decisión, decidido a probar suerte palpando el interior de la alcantarilla con la mano desnuda. Coge aire, vuelve a mirar alrededor, y mete el brazo hasta el codo en la oscuridad, luego hasta el hombro… Nadie repara en él, la gente pasa a su lado sin mirar, ajenos a su particular pugna por recuperar las llaves.

Ben tantea a ciegas, hurga en esa oquedad profunda, estirando los dedos en todas direcciones, pero no alcanza a rozar siquiera los límites de la boca de alcantarilla. Su mano se agita en la nada, arriba, abajo, derecha, izquierda… Nada.

Retira el brazo y se asoma. Agacha la cabeza cuanto puede y de nuevo escudriña hacia el interior. Luego coge su móvil del bolsillo y enciende la linterna. Dirige el haz de luz hacia las sombras, moviéndolo en círculos. Busca los contornos de la alcantarilla, el suelo…

Algo se mueve ahí abajo, mucho más abajo de lo que había imaginado, después de todo.

De pronto, las llaves reflejan el haz de luz de su linterna cuando lo pasa sobre ellas. Ben suelta una exclamación de júbilo al descubrirlas. Luego un gemido, porque están muy abajo. No llegará hasta ellas con su brazo. Necesita algo más largo, como un palo de escoba o algo así.

Memoriza el lugar donde las ha vislumbrado, y se retira. Se pone de pie, se arregla el traje de chaqueta, y busca algo con qué rescatarlas. Tiene suerte, a escasos metros de donde está, hay un contenedor de basura. Alguien ha dejado una vieja fregona en su interior. A Ben se le dibuja una mueca incrédula en el rostro.

En dos zancadas se planta junto al contenedor. Le da algo de vergüenza, pero necesita esa fregona. Está enterrada entre bolsas de basura… Ben se sonroja, no está acostumbrado a hurgar en la basura…

Mira alrededor. Nadie le observa.

Al fin, con un breve gesto, se hace con ella, y la esgrime triunfal. Servirá, está convencido.

Vuelve a la alcantarilla. Su negra boca parece observarle con un mudo reto en sus fauces. Ben recuerda que algo se movía ahí abajo… una rata seguramente. ¿Qué otra cosa puede ser?

Se acuclilla, traspasa con los ojos las sombras, y decide ayudarse de nuevo con la linterna. Cuando se pone a cuatro patas sobre el asfalto húmedo y alumbra las tinieblas, percibe una vez más ese aire helado que proviene de las tripas del subsuelo. Contiene el aire y dirige el haz de la linterna hacia el lugar donde recuerda haber visto su juego de llaves. A continuación introduce el brazo desnudo con la fregona, sujetándola por el extremo que aún conserva la mocha, y lo alarga todo lo que puede, procurando no dejar de iluminar con la linterna en la misma dirección. Las llaves despiden un reflejo metálico. Están ahí abajo, en el suelo lleno de desperdicios, barro y hojas muertas. La punta del palo casi las roza, pero no es fácil atinar a cogerlas.

Ben lo intenta, una, dos veces, tres… Nada. Necesita ponerle un gancho al palo, o con su punta roma no podrá rescatarlas. Suelta un bufido y se retira de nuevo…

Piensa… Piensa… sentado en el asfalto junto a la boca de alcantarilla. Ya no le importa si la gente le mira o no.

Y entonces algo sale de las profundidades del subsuelo, una mano larga y renegrida, que repta y tantea el suelo a su lado. Ben no se da cuenta. Él sólo piensa en clavar algo en la punta del palo de la fregona para recuperar de una vez sus llaves.

Esa mano, anormalmente larga, estira unos dedos huesudos, que parecen tentáculos, bailando con ellos en el aire. A la luz del día su piel resulta negruzca y se camufla con el color de la acera y el bordillo, no parece real, apenas se distingue, es más una sombra que surge de las sombras, y tantea… palpa… sin ruido…

Ben siente que algo le aferra de la pernera del pantalón. Se gira asustado, y descubre esa garra, con un antebrazo muy largo, agarrándole. Siente sus dedos, que ahora sueltan su ropa y se enroscan en torno a su tobillo, y tiran… Ben boquea horrorizado. Trata de zafarse con energía. No está demasiado asustado, por mucho que esa cosa tire de él, no podrá llevárselo. Es imposible, su cuerpo no cabe por la boca de alcantarilla. Se sacude, patalea, pero esa mano gélida no le suelta.

Ahora Ben comprueba, horrorizado, que esa cosa ha logrado meter su pie por la estrecha boca negra. Ahora sí, gime asustado.

Tira y tira, pero ya tiene la pierna dentro hasta la rodilla. Ahora pide socorro, pero nadie se fija en él. La gente camina con prisa, atareada, y nunca mira hacia el suelo. «¿Y por qué iban a hacerlo?», se lamenta Ben. Él también evita siempre mirar al suelo…

Grita y se revuelve, y utiliza el palo de la fregona para tratar de apartar esa mano que poco a poco le gana centímetro a centímetro su sorda batalla. Ya tiene la pierna dentro de la alcantarilla, hasta la ingle… ¡Ben no puede creerlo! Chilla, se retuerce, apoya el otro pie en el bordillo para hacer fuerza, pero los tirones de esa garra se vuelven implacables. Siente sus garras clavándose en su carne… Entonces se oye un chasquido, y luego otro, y Ben acusa una ráfaga de dolor intenso, y comprende que se le han dislocado los huesos. Cuando un tirón violento logra que su cadera atraviese la estrecha abertura de la alcantarilla, su rostro se descompone. No puede evitar que su cuerpo se deslice hacia la oscuridad, no puede hacer nada. Su torso completo se desliza por la abertura, y al poco sus hombros, su cabeza, y por último sus brazos y el palo de la fregona, desaparecen.

Se oye un cloqueo y un chasquido.

#relatos #Terror #sobrenatural

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