• Maite R. Ochotorena

Relato: «Hay algo en el cajón»


Hay algo en el cajón. No lo he visto, porque no me atrevo a abrirlo, pero sé que hay algo, lo oigo moverse; llevo oyéndolo desde que me he levantado, sobre las seis y media.

He desayunado con ese «ras» «ras» llenando el silencio; he procurado ignorado, y luego me he vestido para ir a trabajar.

Al salir... seguía sonando. Es como si unas uñas afiladas estuvieran escarbando en la madera desde dentro...

Si cuando vuelva de la oficina «eso» sigue ahí, tendré que hacer algo... supongo.


Bebé terrorífico

Son las dos y cuarto y el autobús me ha dejado algo más lejos de lo habitual, unos doscientos metros más allá de la parada. Menuda casualidad, está lloviendo y encima me he dejado el paraguas.

Corro por la acera encharcada, dando saltos. La capucha de mi anorak apenas me protege y mis botas chapotean.

«Mierda de lluvia...»

Pero ha llegado el otoño, ¿qué esperaba?

Cuando subo las escaleras de acceso a la puerta de entrada de mi casa, me pregunto si habré imaginado ese ruido en el cajón. Me resultaba espeluznante esta mañana, y no he sido capaz de dejar de pensar en ello en toda la mañana. Hasta Sandra me ha preguntado si estaba enferma, y eso que ella jamás se fija en mí, ni me saluda, ni le preocupa si me muero.

No sé si quiero entrar. Me quedo con la llave en la mano, suspendida en el aire, pensando... Debería haberle pedido a alguien que me acompañara, ¿no? Sólo por si acaso.

«...mierda...»

A quién quiero engañar, no tengo a quién pedirle algo así. Soy la «rara» de la oficina, la «apestada». A nadie le caigo bien.

—...a la mierda...

Abro la puerta y doy un paso en el recibidor. Todo parece estar en calma. El día es tan oscuro que una triste penumbra lo llena todo de sombras. Enciendo la luz para desterrarlas y me quito el anorak. Estoy poniendo perdido el suelo, y lo limpié ayer. A fondo.

Me quito también las botas, y me quedo e calcetines.

Cierro la puerta. «chack», «plac». Tiene un cierre suave y agradable.

Me quedo escuchando.

Nada.

Suspiro...

«Estas paranóica...»

Un rugido en mis tripas me recuerda que no he almorzado.

Avanzo a través del pasillo hacia la cocina. Mis pasos quedan amortiguados por la gruesa alfombra que puse el año pasado. Eso también es agradable.

La ventana de la cocina da al patio trasero. Es ahí donde tengo mi jardín, es ahí donde suelo sentarme a leer, a pensar... a ser yo misma. Me gusta el jardín, me gustan las plantas, ellas no me juzgan y son agradecidas. Con un poco de mimo y cuidado, se abren a ti espléndidas y hermosas.

La ventana está abierta, de par en par.

Qué extraño, cuando me he ido esta mañana estaba bien cerrada, estoy segura.

Las cortinas ondean a causa del viento y la lluvia está mojando la encimera. Me apresuro a cerrarla. El patio se ve oscuro y gris, como oprimido por el mal tiempo.

Limpio la encimera con el paño que siempre dejo junto al fregadero.

«ras» «ras»... «ras» «ras»...

Me quedo quieta.

Ahí está de nuevo. «ras, ras, ras, ras...»

Me vuelvo despacio y miro hacia el maldito cajón.

Hay algo dentro, ahora estoy segura, no lo estoy imaginando. Pero, ¿qué? ¿Un ratón? Imposible, no sé cómo iba a colarse un ratón en ese cajón. Hasta a mí me cuesta abrirlo, se atasca, y por fuera está recubierto de hierro galvanizado... ¿Cucarachas?

Tampoco.

Lo sé porque escucho cómo algo se revuelve, algo contundente, algo grande, algo que llena el cajón, un cajón grande. Un gato cabe dentro de ese cajón. Una rata también.

Odio las ratas.

«ras ras ras.... brummmb, bump.... ras ras ras...»

¿Qué hago...?

Me acerco despacio. La casa está silenciosa, sólo se oye este insidioso sonido en la mesa donde como, desayuno, ceno, leo...

¿Y si cojo algo para defenderme? Sólo por si acaso... Y un trapo...

Vuelvo atrás, cojo un cuchillo grande y un trapo y me envuelvo el brazo derecho, para protegerme. Me siento ridícula, pero algo mejor...

Doy unos pasos, hacia ese «ras ras» insistente y furioso.

¡¡BUMP!!

Silencio.

¿Acaso lo que sea que está ahí me ha sentido? Ha dejado de moverse...

Alargo la mano y cojo el tirador del cajón.

«joder... joder... Un, dos, tres...»

ZAS!

Tiro con fuerza.

Nada, el puto cajón está atascado, como siempre.

Los ruidos se reanudan, ahora con más violencia. Me asusto, es como si hubiera un demonio ahí dentro, luchando por liberarse. ¿Y si al abrir el cajón le dejo suelto? ¿Y si encuentro algo peor que una rata?

«Estúpida con imaginación...»

Empiezo a murmurar maldiciones por lo bajo mientras vuelvo a coger el tirador, lo agarro bien, con ganas, mano izquierda... y levanto el cuchillo con la mano derecha, la que tengo envuelta en el trapo.

¡¡TIRÓN!!

Tiro, tiro, tiro... ¡Joder!!

Atascado.

Forcejeo, una y otra vez, hasta que el cajón empieza a ceder. Siento que pesa, pesa mucho, como si estuviera lleno de plomo. Lo voy abriendo a pocos, a base de tirones, mientras escudriño su interior con el corazón en la boca. A medida que se abre, sólo veo oscuridad. Doy un nuevo tirón, muy fuerte, y el cajón se desliza del todo.

¿Qué es eso?

¿Qué es...

El horror me invade. La voz me abandona, mi garganta se inflama en un aullido de pavor que no puede emerger porque el aire se niega a llegar a mis pulmones.

Se me cae el cuchillo al suelo, lo oigo rebotar contra las baldosas, como en una pesadilla.

Un bebé muerto se retuerce en el cajón. Está muerto, ha de estar muerto... Es muy pequeño, y su piel del color de la ceniza está agrietada y purulenta. Apenas levanta la cabeza, son sus dedos los que arañan la madera, los dedos de sus manos y pies diminutos. Abre la boca si emitir ningún sonido, y me mira con unos ojos cubiertos por un velo lechoso. Su boca se abre y una hilera de dientecillos puntiagudos amanece en torno a una lengua renegrida...

Pienso en recuperar el cuchillo del suelo, pero temo agacharme y perder de vista al engendro.

«ras ras ras...»

Ese feto a medio hacer se retuerce, no está formado del todo, sus piernas están unidas en una sola, como una malformación que semeja una cola de renacuajo...

No puedo dejar eso en mi cajón.

Me agacho, alcanzo el cuchillo, lo más rápido que puedo, y vuelvo a erguirme para acabar con...

El cajón está vacío, y la cocina en silencio.

Boqueo, abro los ojos de par en par, me giro y busco y rebusco...

No está.

Por un instante me pregunto si lo he imaginado todo. ¿Acaso me estoy volviendo loca?

La «tarada»... recuerdo. eso es lo que soy para todo el mundo.

Dejo caer la mano con el cuchillo y retrocedo.

Aún sigo buscando alrededor. Me agacho, miro debajo de los muebles...

Nada.

Me siento y me quedo un rato pensando.

Últimamente estoy demasiado angustiada, demasiado sola, demasiado triste. ¿Quién es esta sombra que ocupa mi cuerpo? Me he convertido en una persona gris, sin nada que ofrecer...

Me preparo algo de comer y me obligo a masticarlo. Cuando termino, lo recojo todo y limpio el plato y los cubiertos.

Miro hacia el jardín. Hoy no puedo salir a sentarme en mi columpio para pensar. La lluvia me impide girar y girar sobre mí misma con los pies en el aire.

Esta tarde no tengo que trabajar, ni que ir a alguna parte. Nadie me espera.

Por eso me voy a mi habitación. Me tumbo sobre mi cama, bajo las mantas... y me acurruco. La lluvia golpea suavemente los cristales del ventanal. Cierro los ojos y trato de relajarme.

«No ha sido nada... Lo has imaginado...», me digo.

Un dulce sopor me visita, y me dejo engatusar. Mejor dormir que pensar en mi soledad. Mejor dormir que pensar en un feto muerto en el cajón de mi cocina.

Dormir me gusta, durmiendo no sufro...

Dormir...

Un frío roce en las piernas me despierta. La habitación está oscura, muy oscura. Ya no llueve. Me incorporo de golpe.

Algo se mueve entre mis piernas, algo frío y viscoso.

De inmediato recuerdo ese feto infernal.

¿Otra vez imaginando cosas?

Alargo la mano para encender la luz, pero la lamparilla que tengo sobre la mesilla de noche no responde. Sacudo las piernas, mientras la histeria me sacude como un fogonazo aterrador. Algo se mueve por debajo de las mantas y repta a través de mis muslos, hacia arriba. Siento unas uñas clavándose en mi piel. Trato de apartarme, quiero levantarme, pero mis piernas no responden. Quiero chillar, pero mi voz se ahoga en la garganta, asfixiada por el pánico.

Quiero encender la luz, quiero escapar, pero ese algo se retuerce y avanza entre mis piernas...

Levanto las mantas...

El velo lechoso de esos ojos muertos relumbra en la oscuridad. Cuando el bebé abre la boca, los dientes, afilados como agujas, se ven con claridad...

No puedo creerlo, ni evitar que me de el primer mordisco en la vagina.

#relatos #sobrenatural #miedo

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