• Maite R. Ochotorena

Relato: «He atrapado un monstruo»



sótano

Su olor traspasa la puerta, se cuela por el pasillo y llega hasta mí. No puedo respirar y no oler, es imposible. Me quedo tumbada boca arriba, esperando, pensando. No puedo dejarlo ahí. Si yo lo huelo, cualquiera podría olerlo, ¿no? O tal vez soy yo, que me estoy volviendo paranoica. Miro mi reloj. Son las cuatro de la madrugada. Miro hacia la ventana, fuera está lloviendo. Sigue lloviendo más bien. Lleva una semana lloviendo. Los cristales están empañados. Miro hacia el techo y escucho... No se oye nada. Sólo mi respiración. Las cuatro. No puedo dormir. Así no. Me levanto y me acerco a la cocina. Arrastro los pies sólo para escuchar algo más que a mí misma. Podría calentar algo. Me hago una tila. Querría un café, pero me hago una tila. La cocina está tranquila. Siempre es la parte más tranquila de mi casa. Es como una burbuja protectora donde puedo refugiarme. Los problemas se quedan fuera. ESO se queda fuera. Pero no su olor. Su hedor llega hasta aquí también. Bebo unos sorbos y recapacito. Tengo que calmarme, e ir pensando qué cojones voy a hacer ahora que lo tengo encerrado. ¡Cómo! En nombre de Dios, ¡cómo... se me ha ocurrido atraparlo! ¿En qué estaba pensando? Dos sorbos más. La tila desciende por mi esófago, demasiado caliente. Cierro los ojos. No puedo sacarlo de donde está. No puedo ni acercarme. De hecho, no quiero verlo, no quiero saber que está ahí, quiero dejarlo ahí y que se muera solo, de hambre, si es que «eso» puede morir. ¿Y si se escapa? Estará furioso, furioso conmigo. Me buscará, y me matará. Siempre ha querido matarme. Eso no puedo permitirlo. Yo sola me he metido en este lío, yo he de solucionarlo. Me río como una demente, qué valiente... ¿no? Y ha sido tan fácil cogerlo... Nunca lo hubiera imaginado. Que lo atraparía así, simplemente cerrando la puerta del sótano. Ahora le oigo. Se revuelve ahí abajo. Sus pasos fuertes hacen retumbar un poco el suelo. Percibo su tamaño descomunal a través de los muros de la casa. Lo imagino inmenso y negro ocupándolo casi todo. No puede casi moverse, no tiene espacio suficiente. ¿Verdad? ¿No reventará la puerta? No sé por qué, pero sé que no. ESO no abrirá la puerta, o ya se habría largado. Dejo la tila y me enciendo un pitillo. Tengo que hacer algo. Ya. Vamos, valor... Me levanto y salgo de mi refugio-cocina. El pasillo está silencioso y oscuro. Lo recorro despacio, esta vez pisando con suavidad. Soy sigilosa cuando me lo propongo. Cuando llego al final, bajo las escaleras. Mis pies descalzos no hacen el menor sonido. Yo casi no respiro. Pero lo huelo... Dios, es nauseabundo... Cuando llego a la planta baja, atravieso el vestíbulo y me acerco a la puerta del sótano. Me detengo y espero. Sé que está al otro lado, esperando... esperándome a mí. Entonces se revuelve, y sacude la puerta. La veo temblar sobre sus goznes, se sacude, tiembla con cada embestida. ¡BOOM! ¡BLAM! ¡BAMB! Toda la casa se estremece, y yo soy una sombra que suda en la oscuridad, incapaz de hacer nada. ¿Qué hago? ¿Cómo acabo con él? No puedo abrir esa puerta. No, ni pensarlo. ¡BOOOOOM! Le oigo revolverse. Está desesperado, se sacude, golpea, respira, bufa, de sus fauces emerge un rugido profundo que me hiela la sangre en las venas. Por debajo de la puerta se percibe su sombra. Es tan grande... Una mole. No puedo dejarlo ahí eternamente. Acabará por derribar la puerta. Además, no sé qué pasará cuando se haga de día. «Mierda...» No había pensado en eso. ¿Qué pasa con los monstruos durante el día? ¿Desaparecen? No lo creo. Éste no. «Haz algo... HAZ... ALGO» Lo que sea. ¡¡¡¡BLAM!!!! ¡¡¡BAM BAM BAM!!! La puerta está a punto de desencajarse. Esto es una pesadilla... Y él es un monstruo. ESO es «mi» monstruo. Yo lo he atrapado, le he encerrado en el sótano. ¿Qué se hace con los monstruos? Miro mi reloj, las cinco. El sol saldrá en algo más de una hora. Tengo que matarlo. Vuelvo a la cocina y saco un cuchillo de un cajón, el más grande que encuentro. Luego regreso. Ya no me molesto en ser sigilosa. Bajo las escaleras como una tromba. Una risa demencial se escapa de mi boca cuando llego abajo y me planto de nuevo ante el sótano. «¡¡HAZLO!!» Abro la puerta de golpe y ESO se abalanza sobre mí, es enorme, una mole. Le clavo el cuchillo una y otra vez, aúllo como una posesa. —¡Sangra! ¿No sabes sangrar? —chillo. La refriega dura apenas unos minutos. De pronto siento que ya no se mueve. Su peso me aplasta. No puedo... respirar... Me lo quito de encima como puedo, y me miro las manos ensangrentadas. Sangre... Esperaba algo negruzco, algo más denso, más... antinatural. Me pongo de pie y me quedo mirándole. ESO yace boca abajo, sin vida. Mi monstruo personal, que lleva atosigándome toda la vida. Alargo la mano y le levanto la cabeza. Su rostro horrible es demasiado familiar. Mi padre. ESO es él, mi padre. Me dejo caer a su lado y suelto el cuchillo. Mi padre... Se acabó. Al fin.

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