• Maite R. Ochotorena

Relato: «Marjory llega tarde»


Marjory no tiene prisa. Sabe que pase lo que pase, Devy esperará. No obstante consulta su reloj de pulsera, sólo por saber qué hora es y cuánto lleva de retraso el autobús nocturno de la línea sesenta y tres que va a Maine. Las dos y veinte de la madrugada. Va con cuarenta minutos de retraso. Marjory suspira. Cubre el reloj con la manga de su abrigo y apoya la espalda en la marquesina. Mira con languidez la carretera desierta, el asfalto negro mojado por la reciente lluvia, las luces de las farolas y los semáforos. Parecen fuera de lugar ahora que no hay nadie, ni gente a la que alumbrar, ni coches que dirigir, pero la hacen sentirse a salvo, están ahí para ella, para que sepa que importa. Parecen decirle: «Marjory West Pride, sabemos que existes, sabemos que estás en esa parada esperando tu autobús, queremos que sepas que nos importas, por eso te brindamos luz en la oscuridad».

El cielo sobre la ciudad no muestra estrellas, ni luna. Marjory se revuelve dentro de su grueso abrigo de plumas y esconde la barbilla bajo su cuello para protegerse del frío. Piensa en la pobre Devy, aburrida en casa de tía Agnes, con la mochila preparada y la ilusión de volver a casa esa misma noche.

«Ay, Deby… Vas a tener que ser paciente…»

Un gato negro pasa delante de la parada. Aparece de la nada, un gato con el pelo manchado, lleno de calvas; un gato negro que cojea ostensiblemente. Marjory lo sigue con la mirada. No es supersticiosa, pero el aspecto deslucido del animal es triste en una noche oscura y solitaria como ésa.

Qué oscuro está.

Está más oscuro que antes.

Mucho más.

Marjory levanta la mirada buscando la causa, tal vez se ha fundido alguna farola…

Pero las farolas están encendidas. Todas.

Marjory se queda muy quieta, apreciando ese sutil cambio en el entorno, paladeando un cierto regusto inquieto, sofocando esa voz de alarma en su subconsciente. Sí, no lo está imaginando, está más oscuro. Se levanta y da unos pasos en la dirección de la que debe venir el autobús. La carretera está desierta, no se ve un alma en toda la calle, en la otra dirección tampoco.

—Mierda…

No debería permitirse sentir miedo, pero no puede evitarlo. Aparece en su estómago y se expande irradiándose a través de su cuerpo como un reguero estimulante imposible de contener. Porque cuanto más mira, más oscuro le parece que está todo. De hecho, ya apenas distingue los contornos de las cosas. Se vuelve hacia la marquesina, parpadea, se frota los ojos: parece desdibujarse ante ella, como se pierde la sombra cuando no hay sol.

Una botella de cristal cae en alguna parte y rueda, y el sonido que provoca al chocar contra el asfalto despierta ecos en la calle.

Entonces Marjory siente que hay alguien a su espalda y se vuelve de golpe, asustada, el grito atrapado en la garganta, el miedo palpitando en la piel. Hay una mujer junto a ella, tan cerca que tiene que dar un paso atrás. Marjory se fija en su pelo, largo y desgreñado, en su rostro anguloso, en sus labios finos sin color… pero sobre todo se fija en sus ojos, negros como un pozo, grandes, desmesuradamente grandes y brillantes… hambrientos. Se ve reflejada en ellos.

Da otro paso atrás. Se lleva la mano al bolsillo buscando el móvil.

«Joder…», no lo tiene. Se lamenta, ahora recuerda lo ha dejado en casa, cargando la batería.

La mujer no se mueve. Es muy alta, sus brazos muy largos, muy muy largos, tanto que sus manos cuelgan a la altura de sus pantorrillas, algo imposible… Sus pies son deformes, grandes, sus dedos largos y nudosos.

Marjory busca ayuda alrededor, pero está sola. La oscuridad es tan intensa que apenas distingue la calle. La mujer permanece muda y hostil en su lugar, como una aparición. Marjory decide irse andando a Maine. Dos horas andando… Mejor andar que quedarse cerca de ella.

Da unos pasos para alejarse de la marquesina… pero una mano férrea agarra su muñeca izquierda. Marjory tira para zafarse. La mujer, que ahora está incomprensiblemente cerca, no la suelta. Marjory jadea. Los ojos grandes y brillantes de la mujer se clavan en ella. Abre la boca y muestra sus dientes, dientes pequeños, dientes afilados. La abre más y le enseña una lengua negra y larga. Marjory aúlla presa del pavor. Quiere correr, no consigue soltarse. De pronto la mujer la rodea con su brazo inusualmente largo y la atrae hacia sí, y se pega a ella, y Marjory siente su cuerpo nervudo, duro y frío. Se revuelve, pero el abrazo es firme, la mujer tiene mucha fuerza. La atrae más y abre su boca, y su lengua sale a explorar, y un olor fétido inunda el aire. Cuando siente esa lengua lamiendo la piel de su cuello, a Marjory se le aflojan las rodillas. La oscuridad se vuelve densa, y ya no puede ver nada. Pronto se queda a ciegas, pronto deja de moverse. No puede hacer nada mientras la lengua fría y pegajosa recorre su piel, como una serpiente que sale de su guarida, enroscándose en torno a su cuello. Marjory abre la boca y quiere gritar, y la lengua la descubre abierta y se le mete dentro, y ella la siente bajar por su esófago y penetrar en su cuerpo profundamente.

Cuando la luz regresa a la calle desierta, Marjory ha desaparecido. La mujer se aleja por la calle. Camina despacio, como a golpes secos, el pelo largo, los brazos largos… Se escucha un motor. Cuando el autobús de la línea sesenta y tres al fin aparece y llega a la marquesina no se detiene. No hay nadie a quien recoger. Cuando rebasa a la mujer roza su vestido harapiento y levanta una corriente de aire que agita su pelo mugriento. El autobús desaparece calle adelante y el silencio regresa.

Tap, tap tap tap.

Los pies descalzos, grandes y deformes, suenan al pisar sobre la acera.

Tap tap tap tap

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