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Lo Nuestro

Novela de misterio y suspense

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Sinopsis

Barbari duerme un sueño oscuro. Es un pueblo que se asienta entre montes de bosques profundos, donde el tiempo baila a merced de un mundo natural impredecible. Sus gentes son rudas, valientes, sinceras y leales, pero sobre todo son personas habituadas a vivir en la intimidad y a guardar con celoso cuidado sus secretos. Cuando hay problemas, se repliegan, murmuran las historias y el miedo junto al fuego, en familia.

Por eso cuando llega el nuevo coadjutor, Martín de Aristizabal, desconfían.

No hay que ver, no hay que saber.

Ay, pero las chicas más jóvenes desaparecen, una extraña criatura merodea por las calles y se cuela en los caseríos. Ay, que ya ni las protecciones ni los rituales sirven, que el hogar no basta para mantener el mal en la noche, que ese mal se mete en los sueños y paraliza los cuerpos, que deja marcas en los suelos, pisadas desconocidas, y un horrendo hedor a muerte…

Ya viene, ¡ya viene!

Martín da sus primeros pasos en este entorno difícil, hostil, envenenado. Toda la fe y el optimismo que son la base de su fortaleza, parecen difuminarse cuando todo lo que ocurre ante sus ojos se aleja de lo racional para sumergirlo de cabeza en lo sobrenatural.

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¿Cómo nació esta historia?

Adentrarse en este proyecto ha sido un proceso tortuoso y duro, «Lo nuestro» ha navegado a través de un océano embravecido del todo condicionado por lo emocional; surge de las entrañas, de lo visceral, del terremoto que supone pasar, no un duelo, sino cuatro en poco tiempo. He tardado tres años en escribirla, para mí un largo periplo.

En un principio, iba a llamarse «La montaña del hierro», puesto que la historia iba a estar ambientada en Zerain —un pueblo del Goierri (Gipuzkoa) cuyo pasado está muy unido a la minería—, y el lugar donde se extraía el hierro se llamaba así. De hecho, llegué a documentarme bastante sobre ello, así como sobre el modo en que un trabajo tan duro afectaba a las gentes del 1800 y pico en su día a día, cómo moldeaba su pensamiento y su forma de ver el mundo, dentro de que eran personas acostumbradas a vivir a medias entre el caserío y el trabajo en la mina. Incluso hice una visita guiada a la mina que queda abierta al público y me empapé de todo aquello.

Yo creía que esa iba a ser mi historia.

Qué poco me duró.

Enseguida me topé con un muro, cuando me di cuenta de que, si seguía por ese camino, iba a tener que escribir un tercer ecothriller, como La mensajera del bosque o Un desierto de hielo. Era lo que se me pedía, me decían que la mina daba mucho juego en ese sentido: la contaminación de la tierra, pasar del bosque al hielo y ahora a la tierra. Yo no quería repetir. Mi historia iba en otra dirección muy diferente. Bucea en el fondo del miedo a lo desconocido, habla de una relación con el mundo natural a un nivel más mitológico. Al final, extirpé esa parte del proyecto (la minería) y decidí, para no faltar a la realidad, ambientar el libro en un lugar ficticio, eso sí, inspirado en Zerain. Barbari, de hecho, hace referencia a un barrio de ese pueblo.

Los problemas no acabaron ahí.

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Decisiones difíciles

Mi propia situación emocional me ha hecho dudar una y mil veces de lo que hacía a cada paso. Hubo una versión muy salvaje, llena de rabia, violenta, que respondía al dolor por el que estaba pasando, al daño que llevaba por dentro y del que no sabía cómo librarme. Luego pasó a ser muy triste, empañada por completo por el manto macabro y melancólico que trae la pérdida de un ser querido. Darme cuenta de todo ello no fue fácil, ha requerido por mi parte un enorme esfuerzo de distanciamiento, de sobreponerme a mí misma y a mis circunstancias para reconducir el proyecto y que no se me fuera de las manos, que no perdiera la esencia que yo quería transmitir: hablar de las supersticiones, de las creencias más arraigadas, de la familia como núcleo protector, del sentido de pertenencia.

«Lo nuestro» es un libro íntimo y envolvente que se mira a sí mismo, hacia dentro, es introvertido, tímido, voraz al mismo tiempo.

Mi otro problema radicaba en escribir algo que, sin dejar de tener tintes de thriller, no lo era. Todo lo que he escrito hasta ahora es thriller, con un ritmo más rápido, con otro pulso y otra intención. Tuve mucho miedo de salirme tanto de mi esencia, de plantear esta historia de un modo más profundo y personal. Además, el tono desde el principio ha sido musical, como un baile que te va meciendo y que marca el ritmo. Es como escuchar la historia junto al fuego, sin prisa, aunque lo que se cuenta te conmueva y te tenga en vilo. También se me pedía que rompiera con esa magia que acompaña al libro y se me sugería que hubiese un protagonista único. Todo iba en contra de lo que yo estaba haciendo, del fondo más auténtico en que se sustenta toda la trama.

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Escribir «Lo Nuestro» ha supuesto ir contra corriente. En un momento dado, tuve que apostar fuerte y asumir que había de preservar la historia tal y como la sentía, por no traicionarme a mí misma, por ser honesta a esa voz que me ha estado guiando todo el tiempo, desde que escribí la primera línea.

Porque hay momentos en la vida en que uno tiene que defender su voz, creer en ella por encima de otras consideraciones y hablar con la verdad, la que proviene del corazón. Más allá de si es un thriller o no, más allá de las pretensiones en cuanto a buscar llegar a un público más amplio, esta novela anhela llegar al corazón y susurrar al oído. Conmover, intimar, comprender, acompañar, estremecerse y bailar. Todo eso es «Lo nuestro» y un poco más. Es un personaje maltratado que llega a la orilla lleno de heridas y con una experiencia única a cuestas, es alguien con mucho que decir y ansioso por ser escuchado.

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