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Trascender los límites del thriller

  • Foto del escritor: Maite R. Ochotorena
    Maite R. Ochotorena
  • hace 14 minutos
  • 3 Min. de lectura

Siempre que afronto un nuevo proyecto me hago las mismas preguntas, me planteo si frenar esa parte de mí que tiende a transgredir las normas no escritas que definen el género del thriller será acertado o no. Y siempre acabo por soltar amarras y dar rienda suelta a mis emociones, que son las que mandan cuando de creatividad se trata.


Porque si cuando escribes no permites que fluya tu verdadera voz, estás condenando tu obra, no será sincera, y eso el lector no lo perdona.


Y sin embargo, en este mundo en el que vivimos, tendemos a etiquetarlo todo y esas etiquetas se vuelven rígidas y no permiten que nada las trascienda. Por eso rechazo las etiquetas. Estoy de acuerdo en que son útiles para catalogar, para ayudarnos a ordenar las cosas, en este caso las obras literarias, y hacer que al lector le sea más fácil encontrar lo que anda buscando. Pero cuando la propia etiqueta se vuelve intransigente o se queda corta, cuando impide a un libro expresarse por sí mismo, se convierte en un obstáculo.


Tres figuras fantasmales en túnicas blancas dentro de un pasillo oscuro, creando una atmósfera inquietante y misteriosa.
Tres figuras fantasmales en un corredor oscuro.

Dentro del thriller hay todo un universo de posibilidades. Este género habla de misterio y suspense, no sólo de investigaciones policiales, por ejemplo. Su propia definición —según la RAE: Película o narración de intriga y suspense—, abre la puerta a todo un abanico de posibilidades. ¿Acaso la intriga o el misterio no hunden sus raíces en lo intuitivo, en lo irracional, en lo que no podemos ver? ¿Y acaso lo que no podemos ver o comprender no bebe a su vez de lo irracional, de lo sugerente, lo imaginativo o lo sobrenatural o fantástico, como una forma más de mirar el mundo, hacia dentro?


Y aquí es donde entra mi forma de contar y superar los límites del thriller: una mirada hacia dentro, más íntima, más peligrosa, más auténtica incluso. Mis obras son muchas veces fábulas que tratan de explicar lo inexplicable, que se adentran en territorios desconocidos con una mirada diferente. Mi voz habla en susurros, quiere contarte cosas que de otro modo no podría verbalizar, te coge de la mano y te adentra en un universo a veces siniestro, a veces mágico, siempre lleno de verdades, y te plantea interrogantes que de otro modo no tendrían la misma fuerza. Al menos para mí.


Transgredir las normas y hacer que una investigación policial se adentre de pronto en lo sobrenatural —como en El sueño de Valentine o en la magia —como en La mensajera del bosque— es mi forma de cantar —y de contar—, de elevar la voz y pintar un cuadro: realista y sugerente. El arte no sólo se plasma en un lienzo, también se plasma en la literatura. A veces se nos olvida que la literatura también es poesía. Qué casualidad, que se lea tan poca poesía en España.


¿De dónde viene ese rechazo a transgredir los límites del thriller?


Hace poco, un amigo, Edgar Borges, gran escritor y periodista (Los expulsados editorial Berenice), me contó en una conversación una teoría sobre el lugar del que viene ese rechazo que sienten los lectores, en España en particular, hacia lo mágico en la literatura, y me pareció muy curioso el papel que pudo tener la Iglesia en ello. Es muy interesante, y a mi juicio revelador. Puedes leer un extracto aquí, se titula Reflexiones sobre la literatura fantástica en España, y el autor es José María Merino, miembro de la Real Academia Española y escritor.


Hoy parece que, poco a poco, ese rechazo hacia lo fantástico, ese «catalogar» el género fantástico o de ciencia ficción como géneros de segunda, va cambiando. Queda mucho camino por recorrer, mientras que en Latinoamérica, por ejemplo, es algo natural, aceptado e incluso valorado dentro de la literatura, aquí aún hay que romper barreras.


Yo no integro lo fantástico de forma intencionada en mis escritos, es algo que nace de mis entrañas, que viene de serie, algo que me pide mi voz; es algo que no puedo remediar, ni quiero hacerlo, es lo que me define. Y si desde mi humilde trabajo puedo contribuir a hacer que la percepción en España de lo fantástico cambie, bienvenido sea. ¿O acaso nos da demasiado miedo lo que no podemos comprender? ¿Nos incomodan los escalofríos de lo sobrenatural?


Algo hay de eso.

 
 
 
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