La soledad de la infancia
- Maite R. Ochotorena
- hace 19 horas
- 3 Min. de lectura
«Los monstruos corren por las esquinas, se vierten por las paredes de tu memoria marchita, te arañan la voluntad, te rasgan la voz, te hielan el alma, paralizan tus pies, duermen bajo tus mantas, en los rincones íntimos e inexplorados que nadie, ni siquiera tú, conoce.
No se muestran, merodean. No hablan, susurran. No matan, hieren, de muerte.
Los monstruos no son sino tus miedos, el miedo a vivir, el miedo a sufrir, el miedo a perder, a saltar, a vencer, a decidir.

Para matar al monstruo, hay que hurgar con dedos diestros en la herida y extraer a tirones sus largas sombras. Para extirparlo, hay que encender la luz y atraparlo al vuelo, antes de que se camufle en cualquiera de tus muchas grietas.
Para matar al miedo, hay que perder el miedo primero. Piérdelo y no lo busques más. Sólo así serás libre.»
Y es que la infancia vive y pervive en cualquiera de mis novelas como ese santuario sagrado que no hay que invadir, como ese lugar primigenio, recién llegado, con una piel tan vulnerable y fina, tan inmaculada, que cualquier herida se vuelve indeleble, permanente, duradera. A veces esa marca se queda en la superficie, a la vista, otras se funde con la piel y no se deja ver, queda escondida, camuflada, parte del todo, inalienable y definitiva. Esto te condena a una profunda soledad, la soledad de la infancia.
Trato la soledad de la infancia con cuidado, a hurtadillas o con transparencia, en la realidad o lo imaginario. Pinto cuadros imposibles y los mezclo con la realidad de lo cotidiano. Hablo de esas marcas duras, heridas que transforman, violencias inesperadas e injustas que llegan para quedarse, que trascienden el yo infantil y sesgan lo que será cuando se convierta en un adulto. Hablo de las experiencias traumáticas que nunca debieron darse, del hogar roto, de los gritos que sobresaltan, que se oyen desde el portal y anticipan el escenario cruel; de los gritos que atraviesan el patio día sí día también y alcanzan a la vecindad, que golpean y aturden cuando el niño aún no tiene capacidad de comprensión suficiente y no puede gestionar la angustia que esos gritos le provocan. Gritos entre personas a las que quiere, los gritos de quienes deberían protegerlo de esas cosas. La ira se vuelve ciega y atropella la infancia.
Ningún golpe, ninguna tensión, ninguna palabra torcida o malsana, ningún daño debería convivir en la infancia hasta convertirse en la norma también en la adolescencia e incluso en el umbral del ser adulto. La huella que deja es como ese tatuaje que no se puede borrar, ni cubrir ni integrar en otro tatuaje que lo disimule, porque es un vórtice del que nacen las sombras que acompañarán a ese niño hasta lo que será y que ya no lo abandonarán jamás. Esa clase de angustias son amarres, lastre que impide despegar los pies del suelo.
¿Es posible reconocer las heridas?
Es posible distinguirlas tatuadas en la piel. Las más profundas no se van; sólo es posible observarlas y bordearlas para no caer en sus abismos. De ahí que plasme en mis escritos, de muchas formas distintas, lo injusto de esas invasiones a la inocencia, lo atroz de forzar esa vulnerabilidad infantil, cuando el hogar que debería ser un lugar seguro, un refugio al que volver, se convierte en el horno de cualquier desdicha presente y futura. ¿Qué queda entonces, hacia dónde volverse para sentirte a salvo? La certeza del no-cambio, de saberse atrapado en esa violencia cotidiana, sin esperanza de ser rescatado de ella, se vuelve contra el niño y lo abisma como ninguna otra cosa lo hará.
Represento en mis obras la infancia como algo puro, expuesto a las miserias humanas de los padres o de cualquier adulto en su entorno o de un desconocido; la infancia transgredida, como un grito que trata de llamar la atención, un grito de auxilio.
En «El secreto de La Belle Nuit» esto es un clamor que convierte sus páginas en un viaje duro que hiere. En «El sueño de Valentine» o en «El destino de Ana H. Murria», el dolor es una condena y la historia un viaje de búsqueda-sanación que atraviesa un océano de sombras, de incertidumbre, donde los personajes son víctimas de esas heridas sin saberlo, sin entender por qué. No hay nada peor que ser víctima sin conocer la fuente que te la provoca ni sus porqués. No hay nada peor que sobrevivir en una trinchera sin saber de dónde vienen los golpes. Los traumas de la infancia, cuando permanecen ocultos, te convierten en un náufrago de ti mismo.


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