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La soledad de la infancia

  • Foto del escritor: Maite R. Ochotorena
    Maite R. Ochotorena
  • 18 may
  • 4 min de lectura

Actualizado: 4 jun

«Los monstruos corren por las esquinas, se vierten por las paredes de tu memoria marchita, te arañan la voluntad, te rasgan la voz, te hielan el alma, paralizan tus pies, duermen bajo tus mantas, en los rincones íntimos e inexplorados que nadie, ni siquiera tú, conoce.


No se muestran, merodean. No hablan, susurran. No matan, hieren, de muerte.


Los monstruos no son sino tus miedos: el miedo a vivir, el miedo a sufrir, el miedo a perder, a saltar, a vencer, a decidir.


Niño con las manos cubriendo su rostro en un ambiente oscuro. Expresa timidez o tristeza con fondo gris. Lleva ropa oscura.
Niño con las manos cubriendo su rostro en un ambiente oscuro. Expresa timidez o tristeza con fondo gris. Lleva ropa oscura.

Para matar al monstruo, hay que hurgar con dedos diestros en la herida y extraer a tirones sus largas sombras. Para extirparlo, hay que encender la luz y atraparlo al vuelo, antes de que se camufle en cualquiera de tus muchas grietas.


Para matar al miedo, hay que perder el miedo primero. Piérdelo y no lo busques más. Solo así serás libre.


La infancia como refugio


Y es que la infancia vive y pervive en cualquiera de mis novelas como ese santuario sagrado que no hay que invadir. Es un lugar primigenio, recién llegado, con una piel tan vulnerable y fina, tan inmaculada, que cualquier herida se vuelve indeleble, permanente, duradera. A veces, esa marca se queda en la superficie, a la vista; otras, se funde con la piel y no se deja ver. Queda escondida, camuflada, parte del todo, inalienable y definitiva. Esto condena a una profunda soledad, la soledad de la infancia.


La soledad de la infancia


Trato la soledad de la infancia con cuidado, a hurtadillas o con transparencia, en la realidad o lo imaginario. Pinto cuadros imposibles y los mezclo con la realidad de lo cotidiano. Hablo de esas marcas duras, heridas que transforman, violencias inesperadas e injustas que llegan para quedarse. Estas trascienden el yo infantil y sesgan lo que será cuando se convierta en un adulto.


Hablo de las experiencias traumáticas que nunca debieron darse, del hogar roto, de los gritos que sobresaltan. Se oyen desde el portal y anticipan un escenario cruel. Los gritos atraviesan el patio día sí, día también, alcanzan a la vecindad y golpean, aturden. El niño aún no tiene capacidad de comprensión suficiente y no puede gestionar la angustia que esos gritos le provocan. Son gritos de quienes deberían protegerlo. La ira se vuelve ciega y atropella la infancia.


Reconociendo las heridas


Ningún golpe, ninguna tensión, ninguna palabra torcida o malsana, ningún daño debería convivir en la infancia hasta convertirse en la norma también en la adolescencia e incluso en el umbral del ser adulto. La huella que deja es como un tatuaje que no se puede borrar, ni cubrir ni integrar en otro tatuaje que lo disimule. Es un vórtice del que nacen las sombras que acompañarán a ese niño hasta lo que será y que ya no lo abandonarán jamás. Esa clase de angustias son amarres, lastre que impide despegar los pies del suelo.


Es posible distinguirlas tatuadas en la piel. Las más profundas no se van; solo es posible observarlas y bordearlas para no caer en sus abismos. De ahí que plasme en mis escritos, de muchas formas distintas, lo injusto de esas invasiones a la inocencia. Lo atroz de forzar esa vulnerabilidad infantil, cuando el hogar que debería ser un lugar seguro, un refugio al que volver, se convierte en el horno de cualquier desdicha presente y futura. ¿Qué queda entonces? ¿Hacia dónde volverse para sentirse a salvo? La certeza del no-cambio, de saberse atrapado en esa violencia cotidiana, sin esperanza de ser rescatado, se vuelve contra el niño y lo abisma como ninguna otra cosa lo hará.


La infancia en la literatura


Represento en mis obras la infancia como algo puro, expuesto a las miserias humanas de los padres, de cualquier adulto en su entorno o de un desconocido. La infancia transgredida es un grito que trata de llamar la atención, un grito de auxilio.


En «El secreto de La Belle Nuit» esto es un clamor que convierte sus páginas en un viaje duro que hiere. En «El sueño de Valentine» o en «El destino de Ana H. Murria», el dolor es una condena. La historia es un viaje de búsqueda-sanación que atraviesa un océano de sombras, de incertidumbre. Los personajes son víctimas de esas heridas sin saberlo, sin entender por qué. No hay nada peor que ser víctima sin conocer la fuente que te la provoca ni sus porqués. No hay nada peor que sobrevivir en una trinchera sin saber de dónde vienen los golpes. Los traumas de la infancia, cuando permanecen ocultos, te convierten en un náufrago de ti mismo.


Reflexiones finales


Es fundamental abordar estos temas con sensibilidad. La literatura puede ser un refugio, un espejo donde los lectores pueden ver reflejadas sus propias experiencias. Al explorar el dolor y la vulnerabilidad, se abre un espacio para la sanación. La escritura se convierte en una herramienta poderosa para enfrentar los monstruos que acechan en la oscuridad.


La conexión entre la infancia y la literatura es innegable. A través de las páginas, se pueden explorar las complejidades de la vida, las heridas que nos marcan y las luchas que enfrentamos. La literatura no solo narra historias; también ofrece consuelo y esperanza. En este viaje, cada lector puede encontrar su propio camino hacia la luz, desafiando los límites y explorando la dualidad entre la luz y la oscuridad.

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