• Maite R. Ochotorena

Relato: «La Entrevista»


—Ya esdamos —dice Brenda. Mira a su amiga Deb con compasión—… Oye, gue no vas al burgatorio, ¡es sólo una endrevista! Sorbe por la nariz, agotada, muy agotada. Deb está hundida en el asiento del conductor, con los ojos perdidos y un rictus de pánico en la boca. Se gira despacio hacia Brenda, y parpadea. —…no buedo… No buedo, no voy a dar pie con bola… ¿No ves que esdoy enferba? ¡Ni siquiera es capaz de hablar con claridad! Una horda de mocos invade su cerebro, impidiéndole pensar. Sorbe por la nariz. La tiene atascada, enrojecida, y le escuece. Hasta cree tener fiebre…


—Y yo, Deb… —…jo…joder, Brenda… ¡¡Ya be conoces!! Dartabbu… bu…budearé… be-beteré la bata, ¡seguro! —Venga —Brenda se impacienta. Sale del coche, le da la vuelta, y abre la puerta del copiloto—. Venga, a la buta galle —ordena ya sin compasión alguna en su tono—. ¡Venga! ¡Sal, Deb! —Joder… qué gabrona eres, ¿do? ¿Y tú dices que eres bi abiga? Encima be has begado el buto catarro… —¿Ves como hablas gon dormalidad? —mentira podrida…— ¡Hala, a gasgarla! ¡Sé dú bisba y todo irá bien! —Brenda hoder… No voy… Deb estornuda, saca un cleanex de su bolso y se suena interminablemente… Se remete contra el asiento y se aferra a él con las dos manos. Joder, le duele tanto la cabeza… ¿Cómo va a hacer bien la entrevista? No es justo… Brenda deja caer los hombros y entorna los ojos. —Do seas bojigata… Dan nerviosa estás… —Dan bal estoy… querrás decir… Bor tu gulpa… Deb muestra una sonrisa deforme en su bonito rostro, una falsa y exagerada. Brenda suelta un bufido, mira alrededor, y por fin se agacha a su lado. —…¿y si de doy algo… bara ayudarte a dominar la gongestión y los estornudos… be prometes que al menos lo indentarás? —susurra. —…¿en serio? Lo brometo —murmura Deb esperanzada. Observa cómo Brenda rebusca en su bolso—… ¿Qué es? Ya sabes do que me afectan esdas cosas, la úldima vez… —¡Qué úldima vez ni qué ocho guartos! Esdo es suave, contra los mocoh y la pesadez… ¡Hala, dómatelo de un traaaaa traaaaaa ¡ traaaaaatchuaaa! Un pegote verda cae sobre la camisa de Deb. —Johe… qué buto asco, Brenda… —Lo siendo… No puede terminar la frase. A Brenda también le lloriquean los ojos. Deb se limpia como puede, pero le queda un feo lamparón verde. Brenda coge un botellín de agua, siempre lleva uno en el coche, y se lo da, junto con una pequeña bolita azul. —Ay… hoder…. Anda, drágatela, esbera un par de binutos y te vas a la buta endrevista. De recojo dentro de dos horas. Be llabas si… yo que sé, joder…do be llames, ¡haz la endrevista! —Vale Brenda… A veces buedes ser dan desbiadada… —¡Soy la Reina Gruella de Vil! JAJAJAJAJA Deb se toma la pastilla con un par de tragos de agua y esboza una sonrisa llorosa. Coge una carpeta del salpicadero con su currículum, y se baja del coche. Le tiemblan las piernas, le duele la cabeza… Balbucea algo, pero Brenda le lanza una mirada asesina, y Deb se endereza. —Vale… Ya voy… ya voy, hoder… Se alisa la falda del traje chaqueta con el que ha decidido acudir a la primera entrevista de trabajo que tiene en dos años, y se atusa el pelo con esmero. Luego coge aire como puede, lo suelta… una pompa verde brota de su nariz y explota. «Hoder…», hasta piensa igual que habla… «Esbero que do darde mucho en hacer efezdo… la basdillida…». Se aleja de Brenda y su mal humor, hacia el imponente edificio de WildWest Destiny, una pequeña cadena de televisión local. Cuando está apunto de entrar, un estornudo escandaloso le viene de pronto… «Hoder, dooo… Bierda, do… Ahora do…» Intenta evitarlo, lo intenta, levanta la cabeza, se tapa la boca y la nariz con la única mano que tiene libre… ¡¡¡¡AAAATCHUAAAAAAA!!!! Su cabeza choca con violencia contra la puerta de cristal, al tiempo que un asqueroso moco verde, elástico y gigante sale como un torpedo de su nariz. Se le queda pegado en la mano, grande y untuoso. Al instante la esconde, horrorizada. «Hoder… qué asgo…» ¿De dónde ha salido? Deb se mira la palma de la mano. Está desolada, avergonzada… Quiere limpiarse con un cleanex, pero no encuentra el paquete que se supone que llevaba en el bolso… ¿Qué ha hecho con él? Se da la vuelta para llamar a Brenda, pero ésta ya se ha ido. Cómo no… Encima ahora le duele más la cabeza, se ha dado un buen golpe… La puerta de cristal se abre y sale un atractivo chico con una cámara al hombro. Sonríe, pero Deb apenas le corresponde. Está ocupada escondiendo la mano pringosa en la espalda. Entra al edificio. Alguien tendrá un pañuelo, y si no en el baño… Mientras camina, siente que la pastilla de Brenda empieza a hacerle efecto… ¡para peor! ¿Qué le ha dado? ¿Un somnífero? Un ligero hormigueo recorre sus tripas y le sube por el estómago hacia la garganta, un hormigueo de sueño incontrolable… «Ooooh… bierda… Bor favor, Bor favor…» Según se dirige hacia la recepción se siente peor, más y más embotada. Una joven secretaria teclea con eficacia delante de su ordenador. Deb siente el sopor corriendo por sus venas. Sus piernas no dejan de temblar… «Hoder, ¿qué bierda me ha dado Brend…? Yo la bato… Brenda, yo de bato…» —Hola, ¿en qué puedo ayudarla? —la secretaria sonríe, una sonrisa amplia y fantástica. —Hoda —Deb trata de concentrarse—… Soy… soy Deborah Singlair, be esberan bara una endrevista de trabajo… —increíble, ¡ha podido explicarse! —Oh, claro señorita Sinclair, espere un momento, enseguida aviso al señor Davenport. ¿Acatarrada, eh? Deb asiente con lentitud. Ante sus ojos desfilan millares de chispitas brillantes, le arde la cabeza, las orejas, y siente que la nariz es una gran bola de fuego a punto de reventar. Aún esconde como puede tras la espalda la mano con el moco gigante. Aguarda mientras la señorita Lucile Sunnie —lo pone en la chapita que lleva prendida en la solapa de su bonita chaqueta— pulsa un botón en la centralita y anuncia su llegada. —Espere en aquella salita, por favor. El señor Davenport vendrá enseguida. Deb asiente y obedece. Camina con torpeza, mientras su cerebro embotado trata de transmitir órdenes coherentes a sus brazos y piernas. ¿Acaso la pastilla que le ha dado Brenda le está sentando mal? ¿No le habrá dado un valium? Tres chicas esperan también su turno para ser entrevistadas. Deb esconde la mano y se sienta. Un picor insoportable hormiguea en su nariz congestionada. Cada vez está peor… Trata de recordar cómo ha cogido semejante gripazo, pero no logra recordar nada… no logra pensar… Boquea con esfuerzo. —¿Vienes a la entrevista? —le pregunta en voz baja la chica que se sienta a su derecha. —¿Eh? —…que si vienes a la entrevista… A mí ya es la segunda vez que me llaman, creo que les he caído bien… —la chica empieza a parlotear sin cesar, mientras Deb la mira como las vacas al tren, sin comprender una sola palabra—. ¿De dónde eres? —pregunta con sincero interés. —¿Eh…? —No importa, ¿un abrazo de la buena suerte? La chica se abalanza sobre Deb y la estrecha con vigor, mientras ella boquea confusa. Inconscientemente le devuelve el abrazo y aprieta las dos manos contra su espalda. —Por favor, señorita Sinclair —Lucile las interrumpe. Deb se libera del abrazo de su compañera y medio sonríe, cada vez más abotargada—, puede pasar, el señor Davenport la espera —la secretaria le sonríe ahora, sin duda para infundirle ánimo—. El segundo despacho por este pasillo, a la derecha. —Oiga, yo llevo esperando media hora, estaba antes —protesta una de las aspirantes al puesto. —Lo siento, esto no va por orden de llegada. Ahora le toca a la señorita Sinclair, luego va la señorita Bruster, luego usted y por último usted, señorita Cameron. La señorita Bruster es la simpática muchacha que ha abrazado a Deb. Deb se levanta y anda con torpeza hacia el pasillo. Lucile se aparta para dejarla pasar. —Dracias… —murmura Deb al abandonar la sala de espera. —¿Qué? —Dada… El pasillo ante ella se ondula de repente, sinuoso como un chicle, elástico e irreal. Deb alarga las manos tratando de seguir adelante sin tropezar. Al hacerlo ve las palmas de sus dos manos… limpias… Un momento, ¿a dónde ha ido el moco gigante? Su mente le devuelve el recuerdo de la señorita Bruster abrazándola, y una horrible sensación de desazón sacude su comprensión, cuando se percata que se lo ha dejado pegado a la espalda. «Hoder… ¡Hoder! Bobre Bruster…» Llama a la puerta del despacho del señor Davenport, sintiéndose morir. Cada vez se encuentra peor… Sin esperar a obtener permiso para entrar, atolondrada como está, abre y se cuela dentro, mareada y confusa. —¡Ah! Señorita Sinclair, pase por favor, siéntese… —¿Eh? —Siéntese por favor… —¿Eh? —¿Le ocurre algo? —¿Eh? Davenport frunce el ceño. A Deb le llega de pronto el eco de sus palabras, y al fin se sienta, de golpe. Una pompa gigante de un verde eléctrico emerge de su nariz y se infla como un chicle. ¡POP! Davenport arquea las cejas sorprendido. No es como Deb se lo imaginaba… No es un tipo bajito y rollizo, y desde luego no luce una brillante calva en su azotea… Es alto, elegante, y arrebatadoramente atractivo. Deb enrojece hasta el nacimiento del cabello, y se lamenta por estar tan embotada. Va a perder su oportunidad… —Soy Michael Davenport, y soy de recursos humanos. Dígame, ¿ha traído su currículum? —¿Eh? —Davenport suelta un bufido. Empieza a enfadarse. Cuando a Deb le llegan sus palabras, con retardo, le alarga la carpeta. «Ay babá…» No se da cuenta, pero un hilillo de baba se descuelga de su boca y repta por su barbilla. ¡Pop! Otro globo de moco brota de su nariz. Por suerte, Davenport no la está mirando. Abre la carpeta y se pone a revisar el currículum—… ¿Es usted siempre así? —¿Eh? —Señorita Sinclair, ¿se encuentra usted bien? Ahora Davenport parece preocupado. La mira con interés, asombrado por el anormal color bermellón que luce ella en el rostro, y por la enorme pompa verde que de nuevo emerge de su nariz, y que ahora, lejos de estallar, se infla y desinfla con su respiración. —¿Eh? Dengo veindisiete años… —No le pregunto su edad, sino si se encuentra bien… Davenport arruga la nariz, sin poder apartar los ojos de esa enorme pompa. Se pregunta cuándo estallará y si debería coger el paraguas para protegerse. —Do sé inglés, do… Entonces un picor imposible serpentea en su nariz, intenso, incontenible, y Deb levanta la cara… Aaaaaa…. Aaaaaaaa… ¡¡¡¡ATCHUA!!!! La pompa estalla y un perdigón gigante vuela a través del despacho y se estampa contra el ventanal detrás de Davenport, que se ha agachado a tiempo para evitarlo. ¡PLOP! —Lo… lo siento… —Oiga… debería irse usted a casa… —¡Do! Do… bor favor… —Llamaré a Lucile para que la acompañe. —¿Eh? Deb se levanta. Está aterrorizada. ¡Va a perder su empleo! —Lucile, por favor —Davenport ya ha pulsado el botón de su intercomunicador—… ¿Puedes venir? —Oh, do… Bor favor…. Davenport suelta un gruñido. Su atractivo rostro se contrae en una mueca de incredulidad y desconcierto cuando otra pompa brota de la nariz de Deb. —Por Dios, tenga… Saca un pañuelo de tela del bolsillo de su americana y se lo alarga. Está pulcramente doblado y planchado. Deb trata de cogerlo, pero no atina. Está mareada, y le sale una risita estúpida. Davenport la ayuda, y ella se lleva el pañuelo a la nariz y se suena sin fin. —¿Señor Davenport? —Lucile, por favor, acompañe a la señorita Sinclair a la salida, no se encuentra bien. Traiga a la señorita Bruster. Lucile descubre enseguida la masa viscosa pegada en el cristal del ventanal y tuerce el gesto. Mira de soslayo a Deb, que «pompea» a su lado sin fin. —Ahora mismo, señor Davenport. Mandaré que limpien… eso… —Espere bor favor… —suplica Deb. Pero Lucile la coge del brazo y tira de ella sin piedad. «Hoder… será gabrona…» Deb se zafa de su mano-garra y aun empanada como está, le saca los dientes. Lucile la empuja fuera del despacho y la guía a la salida. Pasan por delante de la sala de espera. —Señorita Bruster, por favor, pase usted… Bruster se levanta como un resorte, sonríe con alegría y energía desbordante, y sale enseguida, no sin antes despedirse de sus competidoras. Saluda a Deb al pasar junto ella, y sigue por el pasillo hacia el despacho de Davenport… luciendo un enorme moco pegado en su chaqueta.

Brenda ha llegado a casa. Aparca el coche y apaga el motor. Se queda con la frente pegada al volante un instante. Necesita descansar… Pero no. Una impertinente voz en su cabeza empieza a hablar. Esos odiosos alienígenas han invadido su cerebro y dominan su voluntad sin piedad... un gemido escapa entre sus labios mientras una pompa verde brota de su nariz. La voz le habla... “Bien hecho Brenda... JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA Ahora ve y gontagiale a odr y a odra, más, ¡¡y a odra más!!,… Brondo el bundo entero sedá duestro!!!”

#Relatos #humornegro

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