• Maite R. Ochotorena

Relato: «Cierra el trato, Michael»


—Si vas a vender tu alma, que sea esta noche, para qué esperar, no habrá un momento mejor.

Michael lo medita un instante, el ceño fruncido, los ojos inquietos. Tiene dudas. Comparte asiento en el tren con su amiga Yaiza. No hay nadie más en el vagón, están solos, el traqueteo agita sus cuerpos mientras murmuran muy cerca el uno de la otra. Yaiza se inclina un poco más hacia él, de manera que su rostro aceitunado casi roza sus mejillas y Michael puede percibir el olor de su piel, un olor almizcleño; percibe también el rubor de su rostro alargado, cuajado de marcas que la viruela le dejó siendo niña.

Yaiza está sudando. Hace calor en el tren, la calefacción está demasiado alta y ellos van muy abrigados, el invierno está siendo muy crudo. Ninguno se ha molestado en desprenderse del gorro de lana ni de la bufanda para aliviar el sofoco que sienten con tanta ropa encima.

—¿Michael?

—Te he oído.

—¿Y bien? —susurra Yaiza—, ¿qué piensas hacer?

—No lo sé.

Michael sujeta con las dos manos su pequeña biblia con tapas de cuero negras. La agarra con tanta fuerza que tiene los dedos blancos, lo cual denota la tensión que siente en su interior. Entonces Yaiza se quita el guante de la mano derecha y la apoya sobre las suyas. Es un gesto liviano, delicado. Michael mira un instante esa mano. Es bonita, fina, dedos largos, una mano cuidadosa, amable. ¿Por qué no confiar en ella? Alza la vista y clava sus ojos negros en los de Yaiza. No hay respuestas en ellos, solo espera su decisión. No tiene prisa.

—Me da miedo lo que vendrá después —confiesa—, si lo hago.

—Pero has dicho, no hace ni cinco minutos, que de ello depende la vida de tu madre y tus hermanas. ¿No vale la pena hacerlo por ellas? Una vida por las tres de ellas.

—Un «alma» por tres vidas —le corrige Michael.

—Sí.

De nuevo quedan en silencio. El suelo del vagón está mojado a causa de los zapatos que han estado pisando las calles encharcadas antes de subir al tren, el vaho empaña las ventanas, no se ve el exterior, es noche cerrada. De pronto el tren aminora la marcha y una voz anuncia la próxima parada.

Michael levanta la cabeza, atento. Es la suya, tiene que bajarse.

—Hemos llegado, y aún no he tomado una decisión, Yaiza.

—No te queda más tiempo.

—¿Y qué tendría que hacer si decido aceptar el trato?

Yaiza asiente.

—Nada complicado. Simplemente estrecha mi mano.

—Como cuando cierras un negocio.

—Como cuando cierras un trato.

—¿Y cómo sé que cumplirás tu parte?

—No lo puedes saber, es un acto de Fe.

Fe... Michael aprieta su Biblia.

—¿Y qué sentiré?

El tren ya casi se ha detenido. Michael y Yaiza se levantan.

—No sentirás nada.

—Pero mi alma será tuya. —Yaiza asiente—. Por toda la eternidad... —De nuevo Yaiza asiente, y le tiende la mano desnuda.

Michael duda. Al fin deja caer la Biblia al suelo. Sus tapas de cuero se abren y quedan sobre el suelo mojado. Yago estrecha la mano de Yaiza y cierra el trato. Mientras aprieta con firmeza esa mano fría y suave dice:

—Mi madre y mis hermanas vivirán.

—Tu madre y tus hermanas vivirán. Es un buen trato Michael. —Yaiza suelta su mano—. Es tu parada. Tienes que bajarte ya.

En efecto, el tren se ha detenido. Las puertas se abren y un pitido suena en el vagón desierto. Fuera llueve con fuerza. La oscuridad aguarda. Michael se vuelve hacia Yaiza para despedirse, pero ella ya no está. Asustado mira alrededor: no la encuentra. Se ha esfumado.

La Biblia continua mojada en el suelo, abandonada. Michael no se baja en su parada. Se deja caer de nuevo en el asiento con un suspiro triste. Las puertas se cierran y el tren arranca, mientras él se agacha y recoge el preciado libro sagrado del suelo. Lo cierra con cuidado y lo aprieta contra su pecho. Se recuesta contra el respaldo y cierra los ojos, pensando que bien puede quedarse dando vueltas en ese tren eternamente, porque acaba de vender su alma. Busca en su interior, ¿qué siente? ¿Acaso ha notado algo? Nada.

Algunas lágrimas resbalan por sus mejillas.

«Me bajaré en la siguiente estación, volveré a casa y veré si mi madre y mis hermanas están a salvo. Si las encuentro con vida, habrá merecido la pena. Las abrazaré y cuidaré de ellas el resto de mis días, y cuando muera saldaré cuentas con Dios», piensa.

Se deja mecer por el traqueteo del tren sin soltar su Biblia mojada. Cuando la megafonía anuncia la próxima parada, se levanta y camina hacia las puertas, tambaleándose. Un chirrido suena y el tren se detiene, las puertas se abren y una ráfaga de viento helado y lluvia lo alcanzan desde el exterior. Yago baja del tren. No hay nadie en la estación oscura. A su espalda el tren arranca y se marcha, dejándolo solo y vacío. Hay un autobús que puede coger para retroceder y llegar hasta su casa. Yago echa a andar mientras piensa en si su madre verá en sus ojos la verdad, que ya no tiene alma.

Sale a una carretera vieja, parcialmente inundada y tan oscura como la estación. No hay farolas, y si las hay, están estropeadas. Michael no tiene paraguas, así que la lluvia pronto empapa su ropa y sus zapatos.

A lo lejos ve unas luces que se acercan. Se oye un motor. Los faros de un autobús.

Yago siente alivio.

Da un paso para cruzar la carretera y alcanzar la parada al otro lado.

No lo ve venir.

Un coche surge de la nada a su izquierda, sin luces, grande y negro. Va a gran velocidad y lo arrolla.

No siente nada.

No piensa nada.

El trato está cerrado.

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