• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «La prueba del sueño»



Sueños peligrosos

—...Las pruebas aún no son concluyentes, señorita Davenport. Habrá que esperar a finalizarlas antes de sacar conclusiones.

—Pero... ¿no sale nada? ¿No han visto nada extraño? Es decir... Estoy segura de que cuando duermo no descanso, si no... ¿por qué me encuentro tan mal?

—Habrá que esperar, señorita Davenport —insiste el doctor. Emily se desespera. Ya han pasado cinco noches, y según el médico, deberá dormir otras tres en el Hospital del Sueño antes de dictaminar si sufre algún trastorno del sueño o no—... Tres noches más y podré darle un diagnóstico.

—Pero hasta ahora...

—Hasta ahora, todo es normal.

Emily deja caer los hombros. Está desesperada. Siente que sus piernas son de plomo, que sus brazos se niegan a moverse, que su mente está abotargada... Es incapaz de pensar, de concentrarse, no tiene deseos de hacer nada, salvo dormir...

El doctor se marcha y la deja a solas. Al poco aparece la enfermera y comienza el ritual de cada noche. Le coloca los electrodos, la conecta a la máquina que registra su actividad mientras duerme, y la obliga a tumbarse.

—Recuerda, Emily, no pienses en nada, procura hacer como siempre, como si estuvieras en tu casa. Ya verás como al final consiguen descubrir qué te pasa...

—No lo harán —gime ella. Se le llenan los ojos de lágrimas amargas—... El doctor Meissian no me cree...

—Sí te cree. Lo que pasa es que es un hombre serio y reservado, y muy riguroso. Hasta que no acabes tu última noche aquí, no te dirá nada. Anda cielo, duérmete...

La enfermera se va y apaga la luz de la habitación. Emily se queda a oscuras, a solas con su agotamiento... y el sueño. El sueño, poderoso, que siempre acaba arrebatándole la conciencia, aunque ella se resista.

Emily Davenport está en su última noche. Hasta el momento no ha habido cambios en sus pruebas, y no han detectado nada anormal durante su sueño. La enfermera la ha dejado como siempre acostada y ha apagado la luz.

El doctor Meissian y su ayudante, la doctora Brooke, observan los monitores. Emily, como cada noche, se ha dormido casi al instante, en cuanto la enfermera la ha dejado a oscuras.

—...es su última noche y no hay nada relevante —apunta Brooke—... Debe de estar desesperada.

—...o finge, o se sugestiona, pero su sueño es perfectamente normal —dice Meissian con dureza. No percibe la mirada reprobadora que Brooke le dirige—. Hemos perdido el tiempo con ella.

—Yo no lo creo, me parece que es sincera cuando nos cuenta lo que le pasa...

Entonces Brooke guarda silencio. Meissian está mirando los monitores mientras toma notas en su cuaderno... Y percibe el miedo en su compañera. Se vuelve hacia ella.

—¿Qué ocurre Doctora Brooke?

—Es... Es Emily... Ella tenía razón...

—No, los monitores no arrojan ningún dato extraño.

—Ya... Pero ella... no está en su cama.

Brooke señala hacia la habitación. Meissian mira a través del cristal. Emily Davenport está suspendida en el aire, boca abajo, con los brazos y las piernas colgando inertes, mientras su cuerpo permanece anclado de forma incomprensible al techo.

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