• Maite R. Ochotorena

Bocaditos de Suspense: «Ratas»


La oigo moverse. Está sobre mí, en el falso techo. No puedo verla, claro está, pero la oigo. Sus patas hacen un «chap» «chap» que me resulta odioso, e imagino que anda moviendo una piedra, o algo duro como una piedra, de un lado para otro. Es como si estuviese jugando con una canica, aunque no está jugando, está tratando de abrir un agujero en la escayola. La rata debe de ser enorme, percibo su peso, el peso de plomo de su cuerpo contundente. Su barriga se arrastra por el techo, tump, tump, tump... Emite algunos chillidos, y sigue a lo suyo. Frota con la piedra o con lo que sea, la escayola; la utiliza para escarbar, perforar, arañar... Luego suelta la piedra, que rueda, y utiliza las uñas. RAS RAS RAS... Me pone a cien. Tumbado en la cama, incluso sabiendo que es difícil que llegue a abrir un agujero en el techo, me estremezco de asco al imaginar que lo logra, que asoma su cabeza por él, que se cuela en mi habitación y cae sobre mí... «Dios...», son las seis de la mañana y el ruido es infernal. Percibo su determinación, su obsesión por abrirse camino. Es persistente, araña, escarba, hurga en la escayola. Luego lo deja y la oigo corretear a un lado y otro. No puedo imaginar qué estará haciendo. Vuelve a la carga, de nuevo sus patitas, de nuevo la piedra y a escarbar... A este paso conseguirá hacer su agujero, ¡la maldita! «¿Y si hay más de una?», pienso... ¿Y si ha formado una colonia? No puedo más. Me levanto, busco una escoba, y regreso a mi habitación. Miro al techo, calculo dónde está, y lo golpeo con el palo. Un golpe seco. Los ruidos cesan. Todo mi cuerpo se relaja. Ahora ha aprendido la lección. Sabe que hay alguien aquí, tal vez se asuste y se vaya a otra parte a molestar... Me acuesto, pero dejo la escoba apoyada en la mesilla, sólo por si acaso. Cierro los ojos. Estoy tan cansado... El sueño ya llega, placentero en la recién recuperada paz nocturna... RAS RAS... CHAP CHAP CHAP... La rata camina, sigue ahí. Abro los ojos y me quedo quieto, escuchando, tenso como una tabla. La escucho rodar la piedra y moverse, chillar... TUMP TUMP... y vuelta a empezar. Enseguida me incorporo, aparto las mantas y blando la escoba. Golpeo el techo, esta vez no una, sino varias veces, con fuerza. La rata se detiene. Un segundo, dos... Y sigue a lo suyo. No le importa si estoy aquí, no soy una amenaza para ella. Sigue escarbando, arañando... Estoy de rodillas sobre mi cama, con la escoba en la mano y mirando al techo. Está justo sobre mi cabeza, frenética, decidida a llegar hasta mí... ¿Qué puedo hacer? Entonces noto que algo de polvillo cae sobre mi rostro. Al poco veo, horrorizado, cómo caen trocitos de yeso y se va abriendo un agujero. Al principio diminuto, luego se va agrandando... En cuestión de un minuto veo asomar una pata rosada que araña los bordes del agujero logrado... No puedo creerlo. La cabeza asoma. ¡Es enorme! Veo sus ojillos negros, brillantes. Olisquea, mueve la nariz, trata de pasar por el agujero, mete y saca la cabeza una y otra vez, tanteando... y yo, paralizado, sólo acierto a quedarme mirando cómo se abre paso hacia mí.


Al fin logra pasar la cabeza por el agujero, y a continuación serpentea, se contorsiona, pasan sus patas delanteras, su cuerpo es largo y escurridizo... Cuando se descuelga entera compruebo que tiene el tamaño de un gato. Cae sobre mí con un chillido agudo, y noto sus patas rasgando mi piel. Me muerde. Chillo y me defiendo, pero entonces empiezan a salir más y más ratas del agujero, que cada vez se hace más grande, y mi habitación se llena de cuerpos peludos y rabos largos desnudos...

#Bocaditosdesuspense

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