La soledad como elemento literario
- Maite R. Ochotorena
- hace 3 minutos
- 3 min de lectura
La soledad, como ese bastión indeseado, no como el rincón de paz y sosiego que abrazamos, sino como el hostil abismo donde nos consume el silencio y la falta de abrigo, como esa plaza desierta en la que nadie nos ve y nos sentimos abandonados, perdidos incluso por nosotros mismos, sobre todo, por ti mismo.
La soledad es un elemento que repito una y otra vez en mis personajes, de un modo u otro, tal vez porque es lo que más temo: no existir para el resto, no existir para mí misma, no ser, no sentir, no ser querida, necesitada, esperada; ni siquiera ser oída, que los demás pasen de largo a través de mí, que yo misma no me quiera lo suficiente como para sentirme en casa dentro de mi propio cuerpo.

Qué duda cabe, la soledad es un gran mal hoy en día, justamente en la era de las comunicaciones, cuando las redes sociales nos acercan más que nunca y con un solo clic puedes contactar con alguien que se encuentra en el otro lado del mundo.
A lo largo de cada novela exploro la soledad de un modo diferente. Desde la que sufre Ainhoa Lasa en «Donde habita el miedo», como mujer maltratada que no se atreve a considerarse a sí misma ni a pedir ayuda, hasta la de Cris Stoian en «La mensajera del Bosque», al no recordar nada sobre sí misma y perderlo todo o la que sufre Martín de Aristizabal en «Lo Nuestro» ante el recibimiento que recibe en Barbari, donde nadie está dispuesto a abrirse a él, donde todo son secretos y recelos y rumores escondidos.
«La soledad lo cubre con su manto de quietud y Martín se arrebuja en él, alucinado. Se pregunta si no habrá estado delirando, si esos silbidos que tanto lo han asustado no serían los de algún pastor. Allá abajo está el pueblo, luego no andaba tan lejos como él pensaba.
Se levanta y camina monte abajo. Encuentra un sendero, lo sigue cojeando, sin apartar la vista de las luces que las ventanas de algunos caseríos le ofrecen como faros en la noche.
Cuando llega a la plaza, titubea. Ya no está seguro de sí mismo, de nada de lo que ha vivido, de su cordura. Se seca el sudor de la frente con la manga de la camisa, se relame los labios resecos, aturdido aún. Se lleva la mano al pecho, procura calmarse. Poco a poco, comienza a andar, un paso tras otro, hacia Sagastibil. Piensa en la expresión de Rebeca mientras Ambrosio y él hablaban, en lo mucho que se ha enfadado ese hombre cuando le ha preguntado si su sobrina padecía el mismo mal que las chicas desaparecidas. Sí, era evidente que escondía algo, y después lo ha echado.
Aporrea la puerta de su casa. Siente que Dios lo ha abandonado. Una oleada de pena le recorre el cuerpo y baña su alma como un veneno. «Nadie va a estar dispuesto a echarme una mano»…» — Fragmento de «Lo Nuestro».
No hay nada más peligroso que la soledad, se desliza silenciosa, crece sin que te des cuenta de su presencia, se instala en tu interior y comienza a devorarte por dentro, en un proceso que puede durar años. Es una forma de muerte en vida, es la carcoma del alma cuando no es deseada, es una cadena que ese condena y castiga en la misma medida en que llegas a odiarte a ti misma. Porque la soledad en buena parte es auto impuesta, es una reacción, una forma de vivir, aunque no sea de forma consciente.
La soledad como elemento literario, también es un paisaje con muchas facetas: arisco, irreverente, esquivo, desolado y tan yermo como exquisito en cuanto a lo que ofrece en un thriller o en cualquier otro género. Y por más que la explore, por más que la analice desde todos los ángulos, sigue ofreciendo mil recovecos; cambia, se deforma, se estira, se escabulle, y nunca hay respuestas en sus páramos oscuros.
Por eso, no me cabe duda, seguirá constituyendo un elemento muy presente en mis obras, quién sabe de qué forma la próxima vez.



Comentarios